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Mostrando las entradas de julio, 2019

Mi amiga Hilda.

   La última vez que la vi no estaba tan gorda. Pero no se lo dije. Apenas abrió la puerta gritó de sorpresa, y no tardó en abrazarme; nos saludamos como si nos quisiéramos tanto. Enseguida me vi arrastrado hasta su cocina mientras me pedía más amablemente de lo debido que me pusiera cómodo, que dejara mi campera en el perchero y le contara todo lo que había pasado en los últimos meses.    De camino a la cocina, en el corredor, en una cómoda de madera oscura con cajones con terminaciones en un dorado perdido, estaba el retrato. Ella pasó por al lado, y casi como por inercia, acarició la foto por sobre el vidrio.    Negrito contame todo, no viniste más, me recriminó con una sonrisa victimera. Yo inventé lo del tiempo, el trabajo y no sé qué más. Ella se arrimó a mí y desde el borde de la silla me alcanzó un mate verde y muy caliente, lo sequé en dos sorbos y se lo devolví. Hablamos del tiempo, el frío que le hacía doler los huesos, la llovizna de los int...