Entradas

Mostrando las entradas de 2017

Un viaje nada común

Imagen
*Para Javier y para Nico, donde quiera que estén El sol del martes cae entre los árboles y los respaldos de los asientos cuando la vida, en sus diferentes maneras, baja y sube del colectivo durante un recorrido por la ciudad. “Me levanto temprano siempre, y hago cuatro o cinco vueltas diarias, y cuando no tengo que laburar, tengo una huerta en casa”, dice Javier, como queriendo describir lo sencilla que es su vida cuando no está sentado durante horas recorriendo la ciudad en su colectivo. Tiene 39 años y hace cinco que trabaja en una de las empresas más grandes de la ciudad. Al lado del volante tiene una foto de dos gorditas con cachetes sonrosados y dientes chiquititos. “Mis gorditas”, dice y sonríe mirando a Julieta y Marisol. No hay foto de la madre, tampoco la nombra. La tarde se muere hermosamente sin lluvia pero con sol, y la avenida se hace larga cuando el colectivo entra en ella y el cielo azul se vuelve naranja y amarillo y cae sobre Resistencia como cae la ll...

El chalet Perrando tiene su propia música.

Imagen
  Hace unos años sus muros oscurecidos se agrietaban y los matorrales del jardín colgaban a través de las rejas oxidadas. Esa noche de agosto Nakapelyukh apoyó el mástil del contrabajo en su hombro y apretó las cuerdas. Con los ojos cerrados y el gesto sonriente, el ucraniano mató el silencio con sus manos de músico. Afuera, en los jardines, las flores pálidas anunciaban un verano seco como el canto rodado de los caminos. Fue la casa del más prestigioso médico de la región, quedó sin dueños y nadie la pudo heredar. Fue expropiada y después de medio siglo reabrió sus puertas en 2015, para eventos sociales y culturales. La Villa Perrando, también llamada chalet, pasó de obsequio del doctor Rapaccioli a su amigo, a casona donde habitó el olvido. Los largos salones se pierden en la mirada asombrada de los visitantes ocasionales y los suspiros no alcanzan a empañar los cristales tallados de los ventanales. Detrás, el jardín de estilo inglés atrae la mirada de algún peatón que p...

Cómo se siente un tiro...

Imagen
"Estoy en la mesita de luz de la gente", dice Bruno, sin temor.    Cómo se siente un tiro y otras crónicas tiene el gusto de un primer libro.    A Bruno Martínez, su autor, no lo conozco personalmente pero veo muy de seguido sus posteos en facebook. Hace unos meses vi que muy alegremente contaba a sus seguidores que había entregado su escrito a la editorial. El libro llegaría a la mano de sus lectores en poco tiempo. Después la producción de fotos para la portada, y la alegría de sus ojos en las varias presentaciones.     La primera vez que lo ojeé me aborreció. Como se siente un tiro  es un libro tranquilo, no es de esos que te movilizan y te hacen cambiar la manera de ver el mundo, tampoco te recomienda como vivir -lejos está Bruno, me parece, de toda autoayuda-. Por el contrario, Como se siente...  es un libro que te cuenta pequeños mundos, te deja ver entre los barrotes de prisiones diarias y ajenas, es como tener entre las mano...

Gustavo.

   En los pasillos circulan rumores, los estudiantes jóvenes lo miran con recelo y curiosidad, los más viejos ya lo olvidaron. Solo unos pocos lo admiran.    Él llega en las mañanas, sus pasos -como todos sus movimientos- son precisos y seguros. Viste un pulcrísimo traje negro y la raya de su pelo deja en claro los años de riguroso cuidado personal de este hombre de tantos misterios. Camina mirando el suelo, como si no quisiera cruzar la mirada con nadie, como si tuviera miedo, o quizás no quiere que lo aparten de sus pensamientos.    En su aula reina la calma, los lápices dibujan proposiciones inconcretas y avivan la llama de su voz. Repite una y otra vez las mismas palabras y gasta la suela de sus zapatos caminando por el aula. En el último pupitre un par de alumnos cuchichean y él los ignora olímpicamente, diez filas más adelante, un alumno lo mira embelesado. Él disfruta su último speech, con la excusa de una cita le regala unos firuletes en la pizar...