Un viaje nada común
*Para Javier y para Nico, donde quiera que estén El sol del martes cae entre los árboles y los respaldos de los asientos cuando la vida, en sus diferentes maneras, baja y sube del colectivo durante un recorrido por la ciudad. “Me levanto temprano siempre, y hago cuatro o cinco vueltas diarias, y cuando no tengo que laburar, tengo una huerta en casa”, dice Javier, como queriendo describir lo sencilla que es su vida cuando no está sentado durante horas recorriendo la ciudad en su colectivo. Tiene 39 años y hace cinco que trabaja en una de las empresas más grandes de la ciudad. Al lado del volante tiene una foto de dos gorditas con cachetes sonrosados y dientes chiquititos. “Mis gorditas”, dice y sonríe mirando a Julieta y Marisol. No hay foto de la madre, tampoco la nombra. La tarde se muere hermosamente sin lluvia pero con sol, y la avenida se hace larga cuando el colectivo entra en ella y el cielo azul se vuelve naranja y amarillo y cae sobre Resistencia como cae la ll...