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Mostrando las entradas de 2019

Martes.

   Corrientes es una ciudad amarga, de sol incandescente y con cliché de noche romántica a la orilla del río con la luna mirando en todos los rincones. Las buenas damas hacen taconeos molestos sobre el macalam viejo y ocupan las mesas largas de los restaurantes caros. Así es Corrientes, todo está adjetivado, no hay lugar para la pobreza de corazón. Acá los únicos pobres son los que abandona dios (que sólo por hoy no se sabe quién es), los que deja bajo la lluvia en un día como hoy, donde el calor respira hondo para volver a soplar con fuerza sobre nuestro techo.    Del otro lado de la ventana el cielo es azul y se recorta la figura del albañil que encima ladrillos para alcanzar el mar de las alturas.  Abro los postigos y el jazmín del aromatizador se mezcla con la salsa del vecino que me distrae del ruido de coches detrás de la avenida.   La primera vez que vi tu foto tenías el pelo largo peinado con las manos, y unos mechones apenas mojados delat...

Me hicieron hablar de convergencia.

Delimitando (no tan) nuevos conceptos: la convergencia como práctica socio cultural y espacio de intereses económicos. Delimiting new (or not) concepts: convergence as a social and cultural practice, and like a field of economics interests.    Resumen:    Aquí se plantea una aproximación a la conceptualización de convergencia , vista como confluencia tecnológica y técnica , como espacio de circulación de prácticas sociales y productos culturales creados por una industria o por cualquier agente social.    Se analiza de alguna manera como esta circulación de productos puede generar, no solo la interrelación de actores sociales, sino también un nuevo macro sector económico al que hay que empezar a darle su merecido espacio en la investigación teórica: la economía de la cultura .    Tratamos de dejar constancia de por qué –según el economista español, Ramón Zallo, y el americano estudioso de los medios de comunicación, Henry Jenkins– ...

De Sebastián y sebastianes

   La tarde se desmayaba lenta y cansada entre los árboles cenizos del verano, mojados en polvo y sal a la orilla del río. Sebastián bajó corriendo las escaleras, cruzó en dos pasos la cocina y se unió a la familia que lo esperaba en la puerta. Del otro lado de la calle la vecina gordinflona había apoyado la escoba contra un árbol y se acomodaba el pelo mientras los veía salir de la casa. Sebastián acomodó el último bolso, se apoltronó en el asiento de atrás y el coche arrancó la marcha cargada de ansiedad. Miró por el parabrisas y vió por última vez la casa que lo había visto crecer, sin pensar que se iba para no volver. Bajó la cabeza para que no le vean la cara y contuvo una lágrima nueva. La vida estaba empezando. ***    Pasaron cuatro años, Sebastián acaba de llegar de la calle. Llueve en la ciudad y parece domingo, un domingo de esos que son muerte y nostalgia en las ciudades grandes. Sebastián tiene el pelo más largo, la mirada más dura y se entretien...

Un tango para los tinchos.

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   En 1924, mucho antes de que lleguemos los millennials y centennials a creer que revolucionamos el idioma y las significaciones, ya el poeta, bohemio (redundante si, quizás), y porteño Celedonio Flores había dedicado una de sus obras más conocidas a los siempre tan vilipendiados -y con razón, no lo niego- tinchos.    Algunas de sus letras le rinden homenaje a hitos populares del momento; como “Corrientes y Esmeralda”, donde le habla a las ochavas diciéndoles "esquina porteña, este milonguero te ofrece su afecto mas hondo y cordial", y agrega que allí "cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel".    En “Mano a mano”, por otro lado, le ofrece, pudoroso como todo hombre, el último cariño a alguna buena mujer, y después le recrimina el abandono. Como siempre. Y finalmente, el “Viejo smoking”, es nomás una excusa para recordar los tiempos idos, la buena época, aquella donde "la milonguera mas papa el brillo de tu solapa, de estuque y carmín man...

Otro soliloquio.

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   Señora quiero decirle que yo a usted la quiero. Sí, la quiero. La quiero como la quise antes, cuando yo era el niño de cachetes redondos y ojos grandes, y usted ya era señora. La señora esa que yo ahora veo casi sin voz, casi sin piel. Y yo, lo que queda de mí, sin sueños, maduro cuarentón no llegaré a ser nunca. Señora, la quiero. La quiero porque usted me enseñó que querer era algo posible, lo que no era posible era quererla a usted. Usted ya era señora, y yo era apenas niño. Y después de los años nos volvemos a ver, usted ya tan ajena a todos mis recuerdos, y yo un poco triste de verla envejecer. El tiempo no cura –ahora lo sé bien – ningún dolor, pero a usted señora yo la vuelvo a ver y se me restañan las heridas.    Yo la quise, déjeme contarle que la quise, cuando usted ya era señora, y yo apenas era niño. Yo soñaba entonces con quererla para siempre, después el olvido me enseñó otros caminos; ahora que he vuelto a verla me acuerdo del cariño, y usted seño...

De chico no me gustaba El Chavo del 8.

   En la casa donde crecí no había televisión. Entonces de niño me colgaba de los árboles, me raspaba las rodillas entre las ramas de la casuarina, cascoteaba los nidos de las avispas, y hasta entraba corriendo a la casa, escapando del enjambre enfurecido. En ese entonces ser niño era difícil, había que ocultarle a la gente las travesuras y lavarse los dientes a diario. De vez en cuando me encontraba sentado en un rincón o tirado en la cama con un libro entre las manos, actividad poco frecuente en mí, y que nunca me pareció realmente atractiva. Leer era agotador.    Aún hoy, cuando por formación tengo que internarme por los sinuosos caminos escritos por otros, me sienta más llevadero hacerlo por obligación que por placer. Quizás por eso fue que en un primer momento me incliné por la poesía negra de Ruben Darío, después de aprenderme de memoria algunos empalagosos versos de Bécquer. Es que era tan fácil decir te quiero. Quizás fue más lúdico que otra cosa, los ver...

Año tres.

   Año tres. Aún no estás aquí, y ya te has ido.    Y un día me voy a ir por los caminos de la vida, no sabiendo bien si habrá regreso. Me llevaré conmigo unos pocos años, los apenas vividos. Me llevaré el tesoro de las risas amigas, el abrazo caliente de nuestros militantes, el color de lapachos prendido en las pupilas, los pasos chiquititos a la orilla del río, y el silencio terrible de amarte ocultamente.    Nacerán nuevos árboles en los nuevos jardines, construirán una casa para guarecerme del frío, tendré un par de libros que leeré cada tanto, la taza de té frío harta de esperarte, y un portaretrato ajado que nunca habitarás.    Yo te pondré en silencio y sin nadie lo sepa en un rincón del alma con tu sonrisa bella, con tus manos seguras, con tu andar tan hermoso, tan joven y tan mío. Y cada tanto, cuando aceche el olvido lo correré ojeando aquellos libros que leí en algún tiempo pensando que eras mía. Pasaré lenta...

Desaire.

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   Hace exactamente tres meses mi profesor me dijo que tenía que entregar un examen, que debía demostrarle que había encontrado respuestas a preguntas que él había hecho formularme. Y así lo hice. Tardó tres meses en decirme que había aprobado con una muy buena calificación, es decir, que había logrado agradarle en este devenir a veces incomprensible que es la cursada de una materia.    Cuando frente a nuestras inquisitivas tuvo que justificar el porqué de su demora en devolver los exámenes nos dijo algo sumamente desagradable. Alegó sus otras actividades, las que no solo le consumen más tiempo, sino que también se llevan su mayor interés.    Créanme si les digo que, como alumno, y después de hacer mi máximo esfuerzo para responder de la mejor manera a su alto grado de exigencia, considero que estoy en todo mi derecho de, mínimamente, sentirme desairado. No solo me parece una total falta de respeto que ignore olímpicamente los r...

"Santito" el documental sobre San La Muerte.

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   " Santito " es un documental realizado durante 2018 por alumnos de la Licenciatura en Comunicación Social de la UNNE, en el marco de la cátedra Teoría y Técnica del Periodismo Audiovisual II.    Fue rodado en Mariano I. Loza, Parada Coco (Empedrado), Corrientes capital y Resistencia, Chaco.    El equipo estuvo integrado por ocho alumnos agrupados en cuatro productoras: Leandro Acosta y Natalia Benitez (Boomerang Producciones), María Noel Martínez y Memphis No (Yoko Records), Andrea Ramírez Alcaraz y Nicolás Morales (Almendra Audiovisual), Fernando Ortigoza y Guido Ruiz (Mandanga Audiovisual).    Este documental fue estrenado el 19 de noviembre de 2018 en Corrientes capital. En diciembre del mismo año ganó el Festival "Guácaras" de Cine 100% Regional en la categoría universitaria, gracias a lo cual participó del Festival "Oberá en Cortos" en Misiones, donde recibió una mención especial en julio de 2019.    Las imágene...

Buscadores de bohemia.

   Todos los que quisimos ser creativos dijimos alguna vez que la muerte era la dicha a conseguir y jugamos con palabras a estar desahuciados. Después llegó la vida y nos enseñó las reglas del lenguaje y de ella misma. Descubrimos un poema que aprendimos de memoria, y nos comimos sus silencios al decirlo con ganas para los amigos en la mesa de un bar. Era noche de frío de septiembre, se parecía a un julio que pasó como tantos.    Cuando pasaron los años descubrimos la fruta madura que nos endulza la lengua y nos quedamos callados pensando de a poquito, sabiendo disfrutar. Aprendimos que el silencio también se disfruta, como la fruta puede ser dulce y que no hacía falta compañía para quitarle el sabor y guardarlo en la memoria.    Pero la vida no se queda para siempre en el mismo lugar. Hay otros para enseñarles de silencios, y también va por ellos, y quedamos rumiando los días en que éramos los poetas y poetisas que decían los versos en la mesa de un ba...

Mi amiga Hilda.

   La última vez que la vi no estaba tan gorda. Pero no se lo dije. Apenas abrió la puerta gritó de sorpresa, y no tardó en abrazarme; nos saludamos como si nos quisiéramos tanto. Enseguida me vi arrastrado hasta su cocina mientras me pedía más amablemente de lo debido que me pusiera cómodo, que dejara mi campera en el perchero y le contara todo lo que había pasado en los últimos meses.    De camino a la cocina, en el corredor, en una cómoda de madera oscura con cajones con terminaciones en un dorado perdido, estaba el retrato. Ella pasó por al lado, y casi como por inercia, acarició la foto por sobre el vidrio.    Negrito contame todo, no viniste más, me recriminó con una sonrisa victimera. Yo inventé lo del tiempo, el trabajo y no sé qué más. Ella se arrimó a mí y desde el borde de la silla me alcanzó un mate verde y muy caliente, lo sequé en dos sorbos y se lo devolví. Hablamos del tiempo, el frío que le hacía doler los huesos, la llovizna de los int...

Margarita.

   ¡Ay, Margarita, Margarita la tonta!    Están los pasillos plagados de cuchicheos y apretones de manos, de alumnos asustados que salen de un examen, de ingresantes inquietos y de alumnos eternos. Y de entre todos ellos, se abre un camino, los estudiantes se apartan, la esquivan recelosos, con miedo de trabar conversación con esa mujer. Esa mujer camina sin darse cuenta de todas las miradas y de todos los susurros.    Margarita se llama, tiene el paso rústico, calmado y somnoliento. Los párpados caídos le dan un aire de modorra que nunca se quita. Es difícil verla sonreír, casi nunca, ni siquiera cuando merece ser feliz. El ronroneo de sus zapatos bajos con tacón de goma y su voz quisquillosa alteran a cualquiera y despierta las risas de las chicas y muchachos que la oyen hablar. Ay, Margarita.    Los pasillos dicen en voz alta, sin ninguna culpa, que llegó hace muchos años. Para quedarse. Los más nuevos la miran, casi no la registran, y lo...

Abrazar a Federico.

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   Y la semana empezó sin más afano de lo que terminó el fin de semana. El lunes Corrientes amaneció como si nada perturbara la costumbre y acomodó sus hombros a los comentarios comunes de todos los días. La mañana somnolienta tardó muy poco en terminarse y después del mediodía los ojos se resignaban a tratar de seguirle la pisada a un profesor que esperaba demasiado de todos nosotros. Los ojos azules y penetrantes no conseguían transmitir ni un poco de la felicidad que embargaba a su propietario. A las dos horas, los bancos eran incómodos catres donde se repantigaban todos los que aún no se habían ido.    Volví a casa y las escaleras se llevaron la poca energía que me quedaba. Salté por encima de las plantas que había olvidado en el umbral, y desde el sillón Ogi me reclamó atención y comida. Federico García Lorca.    Bajé a la calle otra vez, atravesé la ciudad con un temblor en la voz y las manos frías, sintiendo como se caían a pedazos sobre la v...

Los mundanos. Otra novela de m*erda.

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   Los mundanos, una comedia que hace reír al público con todos los clichés propios de las telenovelas latinoamericanas, mientras da cuenta del nuevo talento que está haciendo en la escena local.    Son cinco actores los que dan vida a los diferentes personajes de una trama sencilla y harto conocida: la pobre que se vuelve rica, los saltos entre la desgracia y la bonanza de la vida -sin criterios lógicos más que el de extender por unos capítulos más una exitosa fórmula televisiva-, el amor desmesurado que nace de una sonrisa casual, el encuentro y reencuentro. El amor y el desamor. Todos estos son los recursos que Jonatan Gonzalez pone en juego en esta propuesta.    Un juego de luces que cumple a rajatabla su función correcta, y el desempeño actoral que consigue, en la justa medida, la complicidad y la carcajada de una platea que se aprieta las manos para no aplaudir al final de cada parlamento.    El vestuario, ciertamente alegre, aporta ...

Rutina.

La mañana está gris. La llovizna ya lleva tres interminables días ensuciándolo todo; los zapatos están embarrados, las camisas húmedas y hasta el café pareciera que se enfría más rápido. Camina las calles largas y alcanza en la avenida el pleno alboroto de los transeúntes que corren para llegar a tiempo y cumplir obligaciones. Está angustiado, hay demasiadas cosas para hacer y el tiempo no alcanza. Piensa que debería haber tenido en cuenta el consejo de su amigo, pero ya es tarde. Ahora está parado en la vereda de enfrente, tiene el ceño fruncido, pero no piensa, está esperando. Como casi todas las mañanas ha llegado demasiado tarde para un coche y ahí está esperando el segundo. Tardará unos veinte minutos, calcula. El sol empieza a calentar el asfalto y se da cuenta de que quizás deba quitarse el abrigo. Se acomoda los lentes que se le resbalan por la fina y no tan larga nariz. Mientras espera se peina con una mano y mira los coches que desfilan yendo y viniendo por los c...