Otro soliloquio.

   Señora quiero decirle que yo a usted la quiero. Sí, la quiero. La quiero como la quise antes, cuando yo era el niño de cachetes redondos y ojos grandes, y usted ya era señora. La señora esa que yo ahora veo casi sin voz, casi sin piel. Y yo, lo que queda de mí, sin sueños, maduro cuarentón no llegaré a ser nunca. Señora, la quiero. La quiero porque usted me enseñó que querer era algo posible, lo que no era posible era quererla a usted. Usted ya era señora, y yo era apenas niño. Y después de los años nos volvemos a ver, usted ya tan ajena a todos mis recuerdos, y yo un poco triste de verla envejecer. El tiempo no cura –ahora lo sé bien – ningún dolor, pero a usted señora yo la vuelvo a ver y se me restañan las heridas.
   Yo la quise, déjeme contarle que la quise, cuando usted ya era señora, y yo apenas era niño. Yo soñaba entonces con quererla para siempre, después el olvido me enseñó otros caminos; ahora que he vuelto a verla me acuerdo del cariño, y usted señora sabe lo que no supo entonces: que yo la quiero ahora, pero más que la quise.
   No pretendo pedirle caricias que me deba, ni le pido a su boca que diga cosas bellas; me alcanza –¿usted sabe? – con verla detenida mirándose al espejo, pensando quien sabe qué recuerdos, seguro de esos años de cuando la quería, usted ya era señora, y yo apenas era niño.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Experimento IV

Sin terminar...

Isabel de Guevara, la heroína que callaron.