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Mostrando las entradas de septiembre, 2019

De chico no me gustaba El Chavo del 8.

   En la casa donde crecí no había televisión. Entonces de niño me colgaba de los árboles, me raspaba las rodillas entre las ramas de la casuarina, cascoteaba los nidos de las avispas, y hasta entraba corriendo a la casa, escapando del enjambre enfurecido. En ese entonces ser niño era difícil, había que ocultarle a la gente las travesuras y lavarse los dientes a diario. De vez en cuando me encontraba sentado en un rincón o tirado en la cama con un libro entre las manos, actividad poco frecuente en mí, y que nunca me pareció realmente atractiva. Leer era agotador.    Aún hoy, cuando por formación tengo que internarme por los sinuosos caminos escritos por otros, me sienta más llevadero hacerlo por obligación que por placer. Quizás por eso fue que en un primer momento me incliné por la poesía negra de Ruben Darío, después de aprenderme de memoria algunos empalagosos versos de Bécquer. Es que era tan fácil decir te quiero. Quizás fue más lúdico que otra cosa, los ver...

Año tres.

   Año tres. Aún no estás aquí, y ya te has ido.    Y un día me voy a ir por los caminos de la vida, no sabiendo bien si habrá regreso. Me llevaré conmigo unos pocos años, los apenas vividos. Me llevaré el tesoro de las risas amigas, el abrazo caliente de nuestros militantes, el color de lapachos prendido en las pupilas, los pasos chiquititos a la orilla del río, y el silencio terrible de amarte ocultamente.    Nacerán nuevos árboles en los nuevos jardines, construirán una casa para guarecerme del frío, tendré un par de libros que leeré cada tanto, la taza de té frío harta de esperarte, y un portaretrato ajado que nunca habitarás.    Yo te pondré en silencio y sin nadie lo sepa en un rincón del alma con tu sonrisa bella, con tus manos seguras, con tu andar tan hermoso, tan joven y tan mío. Y cada tanto, cuando aceche el olvido lo correré ojeando aquellos libros que leí en algún tiempo pensando que eras mía. Pasaré lenta...