De chico no me gustaba El Chavo del 8.
En la casa donde crecí no había televisión. Entonces de niño me colgaba de los árboles, me raspaba las rodillas entre las ramas de la casuarina, cascoteaba los nidos de las avispas, y hasta entraba corriendo a la casa, escapando del enjambre enfurecido. En ese entonces ser niño era difícil, había que ocultarle a la gente las travesuras y lavarse los dientes a diario. De vez en cuando me encontraba sentado en un rincón o tirado en la cama con un libro entre las manos, actividad poco frecuente en mí, y que nunca me pareció realmente atractiva. Leer era agotador. Aún hoy, cuando por formación tengo que internarme por los sinuosos caminos escritos por otros, me sienta más llevadero hacerlo por obligación que por placer. Quizás por eso fue que en un primer momento me incliné por la poesía negra de Ruben Darío, después de aprenderme de memoria algunos empalagosos versos de Bécquer. Es que era tan fácil decir te quiero. Quizás fue más lúdico que otra cosa, los ver...