Quince treinta.
Quince treinta. En la siesta de Corrientes se muere la paciencia y la mirada se extiende por los pasillos grises de los edificios. Ella llega casi puntual anunciándose largamente en el taconeo fuerte de sus zapatos finos taco aguja, y se queda en la puerta acusando saludos corteses con quienes la conocen bien. Su voz aguda se ahoga y renace en la tonada correntina paqueta de una mujer parada frente al mundo como una sola. La curva de su nariz se agrava frente al enojo de la inconstancia y recorre su mirada la cara de sus equivocados. Enérgica mueve sus manos y habla de tradición al ritmo plata de sus pulseras grandes. La doctora camina, calla y mira a todos sus alumnos. Cree que convence -se engaña, quizás, o los hace creer que se engaña-, y deja en claro que no está dispuesta a negociar sus ideales. "El derecho protege desde que hay rasgos de humanidad, hasta la muerte", dice clara y concisa la doctora, y de...