Margarita.
¡Ay, Margarita, Margarita la tonta! Están los pasillos plagados de cuchicheos y apretones de manos, de alumnos asustados que salen de un examen, de ingresantes inquietos y de alumnos eternos. Y de entre todos ellos, se abre un camino, los estudiantes se apartan, la esquivan recelosos, con miedo de trabar conversación con esa mujer. Esa mujer camina sin darse cuenta de todas las miradas y de todos los susurros. Margarita se llama, tiene el paso rústico, calmado y somnoliento. Los párpados caídos le dan un aire de modorra que nunca se quita. Es difícil verla sonreír, casi nunca, ni siquiera cuando merece ser feliz. El ronroneo de sus zapatos bajos con tacón de goma y su voz quisquillosa alteran a cualquiera y despierta las risas de las chicas y muchachos que la oyen hablar. Ay, Margarita. Los pasillos dicen en voz alta, sin ninguna culpa, que llegó hace muchos años. Para quedarse. Los más nuevos la miran, casi no la registran, y lo...