Margarita.

   ¡Ay, Margarita, Margarita la tonta!
   Están los pasillos plagados de cuchicheos y apretones de manos, de alumnos asustados que salen de un examen, de ingresantes inquietos y de alumnos eternos. Y de entre todos ellos, se abre un camino, los estudiantes se apartan, la esquivan recelosos, con miedo de trabar conversación con esa mujer. Esa mujer camina sin darse cuenta de todas las miradas y de todos los susurros.
   Margarita se llama, tiene el paso rústico, calmado y somnoliento. Los párpados caídos le dan un aire de modorra que nunca se quita. Es difícil verla sonreír, casi nunca, ni siquiera cuando merece ser feliz. El ronroneo de sus zapatos bajos con tacón de goma y su voz quisquillosa alteran a cualquiera y despierta las risas de las chicas y muchachos que la oyen hablar. Ay, Margarita.
   Los pasillos dicen en voz alta, sin ninguna culpa, que llegó hace muchos años. Para quedarse. Los más nuevos la miran, casi no la registran, y los viejos alumnos se ríen de su voz, de su callada paciencia y de sus muchas preguntas. Margarita es sinónimo de persistencia y redención. Los compañeros la esquivan y nadie quiere ser su amigo. Y sin embargo Margarita tiene la dulce voz de los tontos que nadie ha arrojado del monte Taigeto. Peor es el castigo de la eterna risa y la melancolía que despierta el sueño que persigue hace un par de décadas, pero que nadie parece percibir. Ay, Margarita.
   Y entre tantos vivos, Margarita la tonta camina somnolienta, paciente e impertérrita. Margarita. Profesores y alumnos la usan de sinónimo de risa, y nadie hace propia la culpa de esas risas.
   Un día Margarita despertará de su sueño y se irá por otros caminos, quizás los que le merecen sus sueños de triunfar. Y quedarán los pasillos vacíos y vencidos.
   Ay, Margarita. ¿Cuál será tu secreto, ese que nadie se atreve a preguntar? ¿Cuál será ese miedo que esconden tus pupilas apagadas, ese que nadie quiere saber?

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