Sin terminar...
-“No hay nada que hacer muchacho”- le dijo aquel día Don Julio.
El hecho de que le dijera “muchacho” y no “pibe” como lo hubiera hecho cualquier otra persona, revelaba, o al menos ayudaba a adivinar su edad. Porque lo cierto es que nadie supo, nunca ninguno de los muchachos del barrio, supo bien la edad de Don Julio o de su señora Doña Tita.
Ni siquiera cuando murió, no era algo que se pudiera andar preguntando en ese momento a su viuda. Aunque si es cierto que su sobrina Carmen anduvo averiguando cuánto dinero había dejado el finado.El caso es que él, a pesar del poco trato que tuvo con Don Julio, lo alcanzó a conocer bastante bien: siempre le pareció un viejo arisco, austero… tranquilo –no como Carmen, que después de pelearle hasta la última moneda a Doña Tita se fue para Italia con el segundo marido-. “Pobre Tita” decía la vecina de enfrente. “Pobre y boluda- le retrucaba otra- quedó casi en la miseria por esa sobrina sinvergüenza”. Pero bueno, ella casi no tenía gastos, ni siquiera cuando murió el viejo Julio; él se encargó de darle un buen pasar y el ahorrito para cuando él ya no estuviera.
Doña Tita era, por otro lado, una mujer coqueta, coquetísima; muy interesada en la política y en todo lo que pudiera ver en televisión; le encantaban los programas de baile y los shows musicales. Dicen que en su juventud fue bailarina, pero nadie de los que la conocieron en aquella época vive aún para confirmarlo. Lo que sí se sabe con certeza es que a ella le encantaba ir al mercadito de la avenida y elegir lo mejor para la cena de los sábados. Claro, los sábados siempre iban sus hermanas Mecha y Lulú- un par de viejas chismosas- que vivían a dos cuadras nomás, pero nunca iban a lo del Julio y la Tita si no era el sábado por la noche.
A Don Julio no le agradaban mucho las hermanas de su mujer, por eso apenas terminaba de cenar se iba a sentarse a la vereda: llevaba su sillita y su radio y se quedaba ahí dos o tres horas. La gente sabía lo chismosas que eran Mecha y Lulú, y sabía también que el viejo mucho no las aguantaba, que por eso iba a sentarse a la vereda. A veces en la vereda se juntaban dos o tres viejos, y alguna vez que él pasó por ahí se quedó a conversar con ellos. Hablaban de su juventud, de política de aquella época, del fútbol que vieron y festejaron, de las glorias pasadas. De toda aquella vida que estaba bañada en polvo.
Pero la verdad es que la vez que más habló con Don Julio fue cuando entró a su negocio, que estaba ahí nomás al lado de la casa. Un típico local de comercio antiguo: grandes ventanales a los costados y una puerta doble en el medio, los cristales pulcrísimos y las rejas finas amuradas a la pared. Adentro el mostrador tenía forma de ele, con una vitrina a su costado y la madera de arriba estaba muy pulida por los años, el metal y las uñas de Doña Tita.
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