Despedida en dos partes...

   Recuerdo aquel día como si apenas hubieran pasado unas horas, como si hubiera sido ayer. Y quizás fue ayer. Es difícil pensar en el tiempo. 
   Esa tarde lo había visto a Etche, se iba a morir. Lo encontré un poco desanimado, como si tuviera ganas de volver a su infancia. Quizás la cercanía a la muerte lo hacía pensar en los años pasados. Etche siempre tuvo que volver, pensaba yo; y recordaba su voz grave, tan amarga como una fruta verde, como su ausencia. Cada vez que hablábamos él se reía con nerviosismo, pero aún así conservaba una tranquilidad tan humana que me es difícil de olvidar.


   En las rectas del asfalto el automóvil avanzaba iluminando la noche con las luces blancas y potentes de los faroles. A los costados de la ruta los árboles se alzaban altos y pequeños, de troncos gruesos o delgados, con ramas secas, con hojas nuevas. Cada uno de ellos me recordaba a un abrazo de Etche. La calzada era buena, no tenía casi imperfecciones y en el camino no encontré mucha compañía, solo un automóvil perdido en la noche, como yo. 
   Juré mil veces que nunca lo vi venir, tampoco fui consciente del golpe ni de nada de lo que después mil veces me relataran quienes estuvieron presentes, o las conclusiones que sacaran todos los demás. Solo recuerdo a Etche en una imagen difusa sonriendo tímidamente, como sus risas nerviosas en cada conversación. Cuando desperté había ruidos molestos en el lugar, mucha gente ocupada en sus quehaceres o consolando heridos; era, sin dudas, un hospital. Desperté casi sin dolor y entendí todas las preguntas y frases de consuelo de quienes se levantaron al verme abrir los ojos.
   Sentí una tristeza inmensa y el vacío en mi interior al que aluden todos los escritores cuando hablan de ausencia. Tuve la certeza de que, aquella noche, Etche había muerto. 


Memphis No. 13/03/2015

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