El artesano.

   Joven y rubio, con el cabello rizado y rozándole los hombros, cuchichea con amigos. Él es feliz, o cree serlo, ¡que importa! Con sus manos y habilidad entrañable, teje pequeñas redes donde con tiempo y paciencia, encierra la charla del día y la oscura piedra.
   Está sentado en la gramilla, mirando las piernas que cruzan, una tras otra. Pobre de quien no pueda ver pasar. Silba entre dientes, tiene los ojos brillosos, y yo lo miro desde lejos. 
   Cuando lo veo pienso en todos aquellos que desean /mos/ salir a recorrer el mundo; caminar por otras calles, que no son aquellas que nos han visto crecer. Las calles de nuestra joven, recién amanecida y esperanzada vida.
   Salir un día, junto al camino apoyar los pies en el suelo, y dejarlos perseguirse entre ellos, sin control, sin apuro, como entretejiendo un romance. Ellos y el césped. Partir una tarde, justo cuando el sol está quemándote la nuca. Sentirlo caliente, solo, inmaculadamente tuyo. Y partir.
   Caminar, caminar cantándole al destino, seduciéndolo con tu vida, invitándolo a realizarte. 
   Yo quisiera un día, sin apuro poder caminar junto al camino… y llegar a un bosque, quizás un arroyuelo. Detenerme allí y beber el agua, recoger hojas secas, quizás dormirme bajo un árbol, cobijado en su sombra, en su ser. Dormir un sueño profundo… y eterno.
   Pero si al partir, y a cambio de esa felicidad, el destino cruelmente me impusiera un seguro regreso elegiría volver en un atardecer;

/cuando un niño llore en los brazos de su madre,
cuando aquel padre toque un bandoneón,
cuando un soñador adolescente se sintiese solo/


Volver un domingo, al caer la tarde. 


https://www.youtube.com/watch?v=hxid8qsHP9c


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