Fin de fiesta.
1
“¿Qué te pareció?”, pregunta la fotógrafa del evento, Guadalupe Giménez, al salir del Museo de Bellas Artes René Brusau. “No me gustó, tiene un abuso de recursos… Y además me parece que el público chaqueño no está preparado para este tipo de espectáculos”, contesta él. Claramente están hablando de “Hybris” (o La desmesura en la tragedia postraumática pop), la obra que cerró el 38º Encuentro y Fiesta Provincial del Teatro. Están en el 4to piso de la Casa de las Culturas a las 22 en punto. Es domingo, y actores, directores y dramaturgos chaqueños se amontonan en el pasillo a la espera de su turno para ocupar el ascensor. El nerviosismo es evidente: en una hora se sabrán los ganadores del festival, y la competencia tuvo grandes consagraciones.
2
Ya son las 20.30, hora de la función, pero el colectivo que transporta al público de un teatro al otro, todavía no llegó. “Es que se atrasa una y se atrasan todas”, explica una enérgica Julieta Ayub y se vuelve a preguntarle a alguien: “¿es en este auditorio, vos preguntaste?”. De a poco van llegando teatreros de las diferentes escuelas y teatros, algunos portan chaquetas y casacas que revelan a quien van a aplaudir esa noche. Los Galatea tienen chalecos de paño rojo, casi una mezcla de vino y sangre. Es evidente el desagrado que provocan en algunos. La gente que vino del interior de la provincia admira maravillada el hall recientemente bautizado “Luis Landriscina”. No podemos, nosotros, dejar de sentir un poquito de orgullo. Llegó silencioso, casi nadie lo vio estacionar su moto. Solo Julieta abandona su conversación con Romina y se acerca a saludarlo. Él baja de su moto, altanero y elegante, cual cowboy desmonta su caballo… No puedo evitar recordar mi adolescencia, cabalgando por todo Texas junto a un Eatswood joven y bonito. Se abrazan, intercambias cariños y sonrisas. No es difícil adivinar a grandes compañeros. El recién llegado es Luis. Luis Vicencio comparte con Julieta la pasión y la docencia en el grupo Fulanos.
3
Guadalupe me hace una seña desde el 4to piso. “Ya subo” gesticulo sin ningún pudor. Los encargados de la mesa de entrada tratan de señalarme el camino. Lo conozco de memoria. “He pasado tardes enteras en esa terraza”, pienso. Miran con recelo que me adueñe de su lugar de trabajo. “Detrás de la columna, el ascensor”, escucho que alguien dice a un recién llegado. La escalera blanca e inmensa, que lleva del hall al primer auditorio, esta vez no sirve. Doblo la esquina y una eufórica Mamacha Massin, protagonista de “Señora Seria busca Señora Seria” da recomendaciones, abrazos y sonrisas a todo el mundo. Recuerdo el último monólogo que vi de ella: “Las vacaciones con mi familia”, es imposible no sonreír. Contra la pared, justo al lado de la puerta está Emilio, otro miembro de la familia de Sala 88. Con Luis esquivamos el grupo, no esperaremos el ascensor. “Son solo cuatro pisos”, comenta y resopla. Faltan diez escalones, “no es nada”, vuelve a repetir. Abrimos la puerta, salimos al pasillo del cuarto piso. A mis ojos el espectáculo es casi magnífico. “Están todos”, pienso, y chequeo que la entrada está a buen recaudo en el bolsillo. El bullicio es casi infernal, pero no molesta. Se abre el ascensor por segunda vez desde que llegamos al pasillo. Otra vez Mamacha. Saluda a gritos a un intimidado par de actores de Galatea. A la conversación de Julieta y Romina se suma Luis. Alguien se acerca y avisa “los que tienen entradas a la derecha, los acreditados en la otra fila”. Los Galatea se van a “la otra fila”. Otra vez el ascensor. Romina Pertile, de Galatea, hace gala de elegancia al acomodarse el cabello. Nos saludamos afectuosos, hace casi cuatro años compartíamos clases. Guadalupe se acerca repartiendo libros con información de la obra. Están a punto de dar sala. El pasillo explota de gente, y el ascensor casi echa humo.
4
Son casi las nueve de la noche. La cola empieza a avanzar, la puerta está abierta, y todo me toma por sorpresa. No escuché cuando alguien dijo “damos sala”. El Museo de Bellas Artes en el 4to piso de la Casa de las Culturas se va llenando de a poco. Todas las aberturas están cegadas con papeles negros. Adentro las luces están apagadas y la música suena muy bajo. Contra una pared, desde una portátil se proyecta un texto, una introducción a la historia. Cuatro paneles dividen el salón. La gente camina entre la gente. La gente camina entre paneles. La gente camina entre actores, director, técnica, y escenografía. En el segundo escenario están las Hisminas, hijas del rey Jasón y de Medea. Tienen el cabello manchado. Parece sangre. En el piso, veo horrorizado, hay un cementerio de bebes. No son bebés, me tranquilizo, son muñecas. ¿Las Hisminas sonríen? Paso al siguiente escenario. Una Medea fea, y un Jasón bonito. Bonito pero muerto. Ulises Camargo, intérprete del rey, está tirado en el suelo, descalzo, sangrante cuerpo mutilado. Su bellísima ropa blanca, producto Velazco, se mancha de un púrpura que –me imagino- brota a borbotones. La historia que nos narra Corifeo nos dice que Jasón ya no tiene corazón. Medea se lo arrancó, después de engañarlo. Corifeo va de un lado a otro entre el público contando las historias, uniendo escenarios y protagonistas. En el centro de los paneles Fernando Funes se encarga de la música. Cuarto escenario. Éride, la diosa de la discordia habla. Es fea. Tiene en la mano un cuchillo, y el corazón sangrante de Jasón. Su ropa blanca también es bonita, pero no se mancha. “El vestuario es de Emilia Velazco”, me había dicho Guadalupe días antes. Éride acuchilla el corazón del rey de Mantua. Aquel que desterró sus hijas para castigar a su esposa. Hablan las Hisminas, la luz se apaga para la diosa, y se enciende para las hijas del rey muerto. La gente corre por el salón y se amontona para ver algo de la escena. Aprovecho un momento de soledad y me tiro al suelo para verle los ojos al Jasón muerto. Están cerrados y maquillados. Medea tararea “Il n’y a pas d’amour heureux”, pero la gente se aburre y arrastra los pies hasta la puerta que abren y cierran tras su paso, sin ningún cuidado por el ruido. Descubro un último escenario, que es en realidad el primero. El poeta Alexandro concluye la historia que a esta altura ya aburrió a muchos, se nota en sus caras. El poeta calla. El público no sabe si aplaudir o no. Todos los actores vuelven a su posición inicial en sus respectivos escenarios entre paneles. Jasón está muerto de nuevo y las Hisminas son serias. La puerta se abre y todos salimos al pasillo. El bullicio es diferente. Todos están cansados de caminar de un escenario a otro durante los 45 minutos que duró la obra. Algunos ansiosos ya bajan la escalera, otros esperan el ascensor. Una actriz del interior pide salir a la terraza de la Casa de las Culturas.
En el medio del pasillo está Guadalupe, “¿qué te pareció?”, me pregunta.
Memphis No. Sábado 15/10/2016 20.30
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