Cautivos.
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Con el reconocimiento y el cariño de compañeros y amigos, Guadalupe se animó a captar un tabú con su lente. Es que Cautivos no es una sencilla colección de paisajes o rostros sonrientes, Cautivos no es rutina, ciudades o ríos. Cautivos es sexo, intimidad, dominación, bondage. Cautivos es “detalle en la intimidad entregada”, dice el escritor y músico Alfredo Germignani.
Guadalupe Giménez tiene 21 años y una muestra fotográfica recién inaugurada en el Museo de Medios de Comunicación.
“Me corté el pelo”, le comentó días antes a un amigo en un viaje en colectivo. Sí, Guadalupe estaba lista para cumplir un sueño. Faltaban dos días para la inauguración de “Cautivos”, y eran días ajetreados para la estudiante de Artes Combinadas que empezaba su carrera profesional.
Con el reconocimiento y el cariño de compañeros y amigos, Guadalupe se animó a captar un tabú con su lente. Es que Cautivos no es una sencilla colección de paisajes o rostros sonrientes, Cautivos no es rutina, ciudades o ríos. Cautivos es sexo, intimidad, dominación, bondage. Cautivos es “detalle en la intimidad entregada”, dice el escritor y músico Alfredo Germignani.
Eran las 20.08 del martes y la ciudad estaba atestada de apremiantes pasos por las veredas del microcentro resistenciano. Guadalupe estaba al teléfono: “necesito un sombrero negro para la muestra”, le dijo a alguien por el auricular. “Gracias” y cortó.
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Ya son las 20:20 y ella, vestida de negro, con una amplia sonrisa saluda a los recién llegados. El hall del Museo está ambientado con música suave y el gran ventanal, impoluto, da la mejor visión de Pellegrini casi Brown.
Un grupo de mujeres mayores se apretuja en un angosto sillón de cuerina negra y comenta “che, pero que lindo” mientras se abanican con los programas del evento. El calor aún deja respirar, y el hall está perfectamente lustrado. “Estamos atrasados, todavía falta el maquillaje”, comenta Guadalupe a una amiga, resguardada por el susurro de su voz y la música que va subiendo de volumen.
“Nosotros no sabíamos que eran fotos así”, dice un familiar y se ríe ante la osadía de la muchacha. En las paredes, colgadas en anchos marcos negros, las fotos de Guadalupe. Su mirada sobre la sexualidad y “el cuerpo inmovilizado y en estado de cautiverio”, su mirada justo en el momento en que “el cuerpo alcanza un estado de dolor y placer”, describe.
3
Detrás de la pared, en la escalera, una pierna de mujer en media de red se asoma y seduce. Es Bárbara Locket, que se deja ver de cuerpo entero, y con total osadía juegan al erotismo entre ella, Cesia Medina y Nicolás Fernández. Los performes, vestidos de negro, sirven vino, caminan, bailan, se tiran al piso, se arrastran.
Nicolás sonríe y gime, su camiseta de red deja su pecho descubierto y su pantalón negro se ensucia cuando se arrodilla para quitarle una media a Bárbara. Cesia se aleja, relegada de un erotismo que no la entretiene, levanta una soga del piso y busca su oportunidad para atrapar un poco de ese Nicolás que reclama atención.
El juego continúa y la gente mira apostada contra las paredes del hall o desde la vereda a través del ventanal. Nicolás, como un gato cachorro juega a arañar una media de red e invita más vino a las señoras del sillón. Bárbara entrecierra la boca y mira de reojo a un muchacho del público.
Nicolás agarra unos programas del montón y saca a la vereda su amplia sonrisa. Sus ojos maquillados no logran ocultar su felicidad.
Guadalupe se para frente al público que aún no comprende como esa muchacha, apenas crecida, se anima a la fotografía erótica. Presenta a los performers, agradece y sonríe. Sonríe detrás de ese lente con que oculta su rostro para develar lo que solo ella ve.
Memphis No. 19/10-2016
Ph: Guadalupe Gimenez

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