Un tango para los tinchos.
En 1924, mucho antes de que lleguemos los millennials y centennials a creer que revolucionamos el idioma y las significaciones, ya el poeta, bohemio (redundante si, quizás), y porteño Celedonio Flores había dedicado una de sus obras más conocidas a los siempre tan vilipendiados -y con razón, no lo niego- tinchos. Algunas de sus letras le rinden homenaje a hitos populares del momento; como “Corrientes y Esmeralda”, donde le habla a las ochavas diciéndoles "esquina porteña, este milonguero te ofrece su afecto mas hondo y cordial", y agrega que allí "cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel". En “Mano a mano”, por otro lado, le ofrece, pudoroso como todo hombre, el último cariño a alguna buena mujer, y después le recrimina el abandono. Como siempre. Y finalmente, el “Viejo smoking”, es nomás una excusa para recordar los tiempos idos, la buena época, aquella donde "la milonguera mas papa el brillo de tu solapa, de estuque y carmín man...