Desaire.
Hace exactamente tres meses mi profesor me dijo que tenía que entregar un examen, que debía demostrarle que había encontrado respuestas a preguntas que él había hecho formularme. Y así lo hice. Tardó tres meses en decirme que había aprobado con una muy buena calificación, es decir, que había logrado agradarle en este devenir a veces incomprensible que es la cursada de una materia. Cuando frente a nuestras inquisitivas tuvo que justificar el porqué de su demora en devolver los exámenes nos dijo algo sumamente desagradable. Alegó sus otras actividades, las que no solo le consumen más tiempo, sino que también se llevan su mayor interés. Créanme si les digo que, como alumno, y después de hacer mi máximo esfuerzo para responder de la mejor manera a su alto grado de exigencia, considero que estoy en todo mi derecho de, mínimamente, sentirme desairado. No solo me parece una total falta de respeto que ignore olímpicamente los r...