Buscadores de bohemia.
Todos los que quisimos ser creativos
dijimos alguna vez que la muerte era la dicha a conseguir y jugamos con
palabras a estar desahuciados. Después llegó la vida y nos enseñó las reglas
del lenguaje y de ella misma. Descubrimos un poema que aprendimos de memoria, y
nos comimos sus silencios al decirlo con ganas para los amigos en la mesa de un
bar. Era noche de frío de septiembre, se parecía a un julio que pasó como
tantos.
Cuando pasaron los años descubrimos la
fruta madura que nos endulza la lengua y nos quedamos callados pensando de a
poquito, sabiendo disfrutar. Aprendimos que el silencio también se disfruta,
como la fruta puede ser dulce y que no hacía falta compañía para quitarle el
sabor y guardarlo en la memoria.
Pero la vida no se queda para siempre en
el mismo lugar. Hay otros para enseñarles de silencios, y también va por ellos,
y quedamos rumiando los días en que éramos los poetas y poetisas que decían los
versos en la mesa de un bar. Y como si quisiéramos inventar la nostalgia, que
ya está toda inventada, a veces, sin quererlo, volvemos a la noche por las calles,
a buscar esos bares.
Pero encontramos otros, más nuevos y más
caros, con un nuevo new age y con nuevos artistas, que miramos los viejos con el
ceño fruncido, quejándonos que éramos nosotros los artistas, y nosotros los
poetas. Que esos versos ya dije, el silencio no quites, decilo despacito, casi
como en susurro, esperá que te mire y decilo de nuevo.
Ahora – ¡decadencia! – ya no somos artistas.
Ya no llevamos aires de grandeza ni ínfulas ajenas, ahora tenemos apenas lo
propio: el destino marcado. Ya no marcamos pasos en camino prohibido, caminamos
calmados, charlando de la infancia y de los libros, somos los pequeños
perdedores que no pudieron con la vida. Vamos despacito, por la vereda, cerca
del cordón, por si alguien ojalá nos empuje, y podamos hacer versos una noche
más. Otra noche más juguemos a bohemia.
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