Experimento IV

   El mundo ha cambiado, la globalización ha destrozado las últimas esperanzas del romanticismo y del olvido. Ahora la humanidad se enfrenta a dos posibles nuevos enemigos: toda la información que produce y guarda, y el control absoluto, de unos sobre otros, que eso puede ocasionar. Dice Mosco (2015) que ha nacido una nueva faceta del orden social llamado capitalismo, la informacional. Hoy, la siempre ponderada "Sociedad de la información" ha evolucionado hasta dar lugar a esa nueva forma de vida donde toda actividad humana se produce, procesa, almacena, distribuye y se ofrece como servicios. Claro que todo esto lo hacen, como no podía ser de otra manera, las grandes potencias mundiales desde unas pocas empresas privadas que explotan la "potencia computacional de la nube" (p. 1) y, desde allí crean un nuevo orden mundial capitalista en crecimiento. Pero, ¿hasta dónde es posible que funcione? ¿Hasta cuándo?
   Pero ¿en qué consiste realmente este nuevo capitalismo informacional que plantea el autor? Se parte de una cultura de conocimiento y formas de saber colectivas, es decir, lugares donde el conocimiento es creado, modificado y consumido por todos, continuamente: la llamada "superinteligencia global conocida como nube", dirá Wolf (en Mosco, 2015, p. 1). Claro que cabe aquí preguntarse hasta qué punto el conocimiento es realmente conocimiento, o que tipos de conocimiento son observados aquí, y cuáles se excluyen de esta mirada.
   El Big Data permite “que los datos hablen por sí mismos” dice Anderson (en Mosco, 2015, p. 5), en lugar de que una hipótesis previamente planteada sea comprobada (si es que no resultaba errada). Quizás esto sea algo bueno, lo tomamos con pinzas, de todos modos. Porque, si bien acelera el proceso de obtener conocimiento, hay que ahondar en qué falencias también nos encontramos frente a este nuevo ¿paradigma? (nos permitimos la licencia lingüística). Pero no es Anderson (2008) el único que se muestra entusiasta respecto de este tipo de análisis de grandes cantidades de datos, pues Mayer-Schönberger y Cukier (2013) alegan que “ya no necesitamos una hipótesis sustantiva válida sobre un fenómeno para comenzar a comprender nuestro mundo” (en Mosco, 2015, p. 5). La melancolía nos ataca cuando nos enteramos que la teoría quedó de lado porque ahora tenemos muchos datos que “hablan por sí solos”.
   Y, por otro lado, quizás haya que ver también, por qué hay cierto tipo de conocimientos a los que se les da mayor importancia que a otros, con qué fin hay saberes que pueden ser más útiles que otros. Respecto a esto, Mosco (2015) deja una respuesta clara y esperanzadora, o más bien utópica, y es que estos nuevos saberes pueden ser necesarios para salvar los problemas del capitalismo global. Aquí es conveniente dejar espacio para aquellos que piensen que no es cuestión de conocimiento, sino de interés o intereses, de aunar ganas y propósitos. Aunque esos son otros debates que en otro momento abordaremos.
   Tanta información, tanto nuevo saber, tantos datos, y todo al mismo tiempo y multiplicándose segundo a segundo, ocupando tiempo espacio, y todo tan difícil de asimilar. ¿Pero con qué objeto?, dirá el lector avezado. Y tendrá razón, suponemos. Pues para construir un mundo que ya está en marcha en algunas partes del globo, mientras en otras, y parafraseando a Mafalda, aún se la ven en figurillas.
   Lo cierto es que en este nuevo mundo que se está construyendo en algunas partes del planeta, y que beneficia a cierto grupo, con fuertes intereses económico-políticos, trae nuevas formas de trabajo, nuevos productos y servicios para poner a disposición del consumidor, y también requiere re-pensar la globalización, los derechos humanos, las legislaciones y los objetivos de este macro sector que es el capitalismo informacional.
   Si ya cuando a la información se la empezó a considerar un bien, y con todo lo que ello supuso, se trastocaron los ideales construidos, ¿qué pasará ahora, que miles de empresas alrededor del mundo recolectan la información y los datos privados de las personas, y luego los comercializan para manipular ideológicamente a esa misma gente? ¿No se pone en peligro acaso, no sólo la integridad moral de una persona, sino también su intimidad, sus derechos personalísimos y privados, e incluso toda la vida en sociedad? ¿Hasta qué punto esto no es un ataque a la democracia, a la libertad de expresión y de pensamiento?
   ¿Por qué, si un usuario de redes sociales acepta navegar la web, tiene que, obligadamente, dejar violentar su intimidad y quedar a merced de los potentados infocomunicacionales? ¿Tiene derecho Facebook a dominar nuestras pantallas y decirnos implícitamente qué presidente elegir? La revolución fue ayer, hoy es la antesala precaria del caos. La purga inconsciente ha comenzado.




   MN|2019
Mosco, V. (2015). “Big Data y la cultura de la nube”, en La nube, Big Data en un mundo turbulento. Ediciones de Intervención Cultural, Biblioteca Buridan.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Sin terminar...

Isabel de Guevara, la heroína que callaron.