Abrazar a Federico.

   Y la semana empezó sin más afano de lo que terminó el fin de semana. El lunes Corrientes amaneció como si nada perturbara la costumbre y acomodó sus hombros a los comentarios comunes de todos los días. La mañana somnolienta tardó muy poco en terminarse y después del mediodía los ojos se resignaban a tratar de seguirle la pisada a un profesor que esperaba demasiado de todos nosotros. Los ojos azules y penetrantes no conseguían transmitir ni un poco de la felicidad que embargaba a su propietario. A las dos horas, los bancos eran incómodos catres donde se repantigaban todos los que aún no se habían ido.
   Volví a casa y las escaleras se llevaron la poca energía que me quedaba. Salté por encima de las plantas que había olvidado en el umbral, y desde el sillón Ogi me reclamó atención y comida.
Federico García Lorca.
   Bajé a la calle otra vez, atravesé la ciudad con un temblor en la voz y las manos frías, sintiendo como se caían a pedazos sobre la vereda. Después del agobio del trámite sin hacer y la gente abocada a esquivar las vidrieras que parecían darles miedo, caminé otra vez por las baldosas largas hasta mi refugio. En plena calle un treintañero de esos que aún no han terminado de fracasar, miraba decepcionado el capó de su coche estacionado en doble fila. Lustrosas, sus entradas, le anticipaban una madurez temprana que no coincidía con su pantalón ajustado y zapatillas adolescentes. Tenía pinta de emprendedor.
   Crucé la calle y me perdí entre los estantes de una librería de usados, polvorienta y atiborrada de colecciones y de las utopías de hombres y mujeres que en algún momento quisieron contarle al mundo alguna historia propia. Y ahí, perdido entre hojas amarillas y olor a viejo, lo encontré. Federico estaba esperándome entre tapas duras, borravino con tintes color sangre y letras doradas, “Clásicos”, decía la colección. Era un libro con poemas y el análisis sobre la obra del poeta, una maravilla que me repuso de un día triste.
   Transformé la ternura en coraje y me enfrenté a la mirada de águila de un señor muy mayor que no parecía satisfecho con mi interrupción. Dijo algo con una voz que los años habían ido apagando, y yo me volví a los estantes a seguir investigando ese mundo que acababa de descubrir. Pagué mi libro, me acomodé la chalina protegiendo la garganta del frío de la noche correntina, y salí.
   Del otro lado de la calle, el coche seguía parado y un hombre mayor estaba inclinado sobre él, tratando de hacerlo funcionar. En la vereda, el treintañero sin fracaso había abierto la puerta trasera y tenía entre sus brazos un bodoque. Esperaba paciente y enamorado padre nuevo de un niño recién parido, lo abrazaba protegiéndolo del frío. Me miró. En mi vereda, yo apretaba contra el pecho a Federico en sus tapas rojas. Cada uno abraza lo que puede, pensé y apreté el paso camino a casa.

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