Quince treinta.
Quince treinta. En la siesta de Corrientes se muere la paciencia y la mirada se extiende por los pasillos grises de los edificios.
Ella llega casi puntual anunciándose largamente en el taconeo fuerte de sus zapatos finos taco aguja, y se queda en la puerta acusando saludos corteses con quienes la conocen bien.
Su voz aguda se ahoga y renace en la tonada correntina paqueta de una mujer parada frente al mundo como una sola. La curva de su nariz se agrava frente al enojo de la inconstancia y recorre su mirada la cara de sus equivocados. Enérgica mueve sus manos y habla de tradición al ritmo plata de sus pulseras grandes.
La doctora camina, calla y mira a todos sus alumnos. Cree que convence -se engaña, quizás, o los hace creer que se engaña-, y deja en claro que no está dispuesta a negociar sus ideales.
"El derecho protege desde que hay rasgos de humanidad, hasta la muerte", dice clara y concisa la doctora, y deja marcada su postura frente a unas cuantas decenas de jóvenes en formación que eluden el fundamento de la opinión y se sonríen socarronamente, altaneros, de enfrentar la vida a sus veinte años, y con todo mejor entendido. En el aire la arrogancia puede cortarse con un poco de fundamento. Si tan sólo la escucharan.
Veganos, "abortistas", sexuales, descomprometidos, sueltos y actuales. Jóvenes.
"¿Qué podría importarnos lo que diga esta mujer de taco aguja desde la otra vereda de la vida?".
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