De chico no me gustaba El Chavo del 8.
En la
casa donde crecí no había televisión. Entonces de niño me colgaba de los
árboles, me raspaba las rodillas entre las ramas de la casuarina, cascoteaba
los nidos de las avispas, y hasta entraba corriendo a la casa, escapando del
enjambre enfurecido. En ese entonces ser niño era difícil, había que ocultarle
a la gente las travesuras y lavarse los dientes a diario. De vez en cuando me
encontraba sentado en un rincón o tirado en la cama con un libro entre las
manos, actividad poco frecuente en mí, y que nunca me pareció realmente
atractiva. Leer era agotador.
Aún hoy,
cuando por formación tengo que internarme por los sinuosos caminos escritos por
otros, me sienta más llevadero hacerlo por obligación que por placer. Quizás
por eso fue que en un primer momento me incliné por la poesía negra de Ruben
Darío, después de aprenderme de memoria algunos empalagosos versos de Bécquer.
Es que era tan fácil decir te quiero. Quizás fue más lúdico que otra cosa, los
versos cortos, la rima buena, la fonética pegadiza, todo tan para retener. A
veces, caminando o subiendo a un bondi me sorprendo a mí mismo diciendo todavía
aquellos versos sencillos de Martí, “antes de morirme quiero echar mis versos
del alma”. Y así fue como me quedé anclado en la poesía por unos años, tratando
de aprenderme de memoria todas las que podía, hasta que descubrí a Federico y
el mundo fue mejor.
Pero
como nunca hubo televisión en casa, siempre era maravilloso quedarse un rato
frente a alguna pantalla en una sala de espera, la casa de un amigo, o en algún
micro de larga distancia. Ahí la vi a Susana por primera vez, la blonda
irresistible que regalaba millones y sabía llevar un buen traje, ahí me reí con
la abuela y sus tristes realidades, ahí tuve los primeros roces con el
periodismo, ahí descubrí El Chavo del 8.
El Chavo
del 8. Desagradable sujeto que atraía a grandes y chicos, que encantaba a todos
en la habitación con su pobreza, su hambre y el desprecio continuo que le
propinaban, y que yo imaginaba doliendo casi tanto como un buen par de patadas.
El Chavo, ese niño feo, poco carismático y que asustaba con sus facciones duras,
su acento extraño y su voz. Esa voz, esa voz que a veces todavía me parece
escuchar llorando entre los rincones de las habitaciones. Yo nunca entendí si
era un niño, un hombre o un payaso. Ya en ese entonces me daba miedo mirarlo, y
me aterraba la idea de que un día podría estar cerca. ¿Qué mente macabra pudo
haberlo creado, quién podía regocijarse al ver un niño con hambre durmiendo en un
cubo de madera? Ahí estaba El Chavo, en cada pesadilla que se volvía realidad,
en cada mañana fría, en cada noche lúgubre y pesada, cayendo de a poco sobre
los hombros, humillando a los otros. Contaminándolo de rencor y malos ojos.
El Chavo
del 8, ese niño que decía cosas ininteligibles, que zapateaba y robaba pasteles
que tenía prohibidos por pobre. Ese niño pobre que no podía comer, aún hoy
despierta rizas y llora su llanto amargo y molesto, como todos los llantos de
los pobres. Solo los ricos pueden llorar bien, los pobres como El Chavo lloran
para molestar. Cada vez que lo recuerdo trato de cambiar los pensamientos por
versos de Lorca, aunque se hace medio imposible. Y ahí está el pobre,
acechando, pidiendo lástima y pastel, llorando la crueldad de los otros, llorando
la pobreza que da risa.
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