Mi amiga Hilda.

   La última vez que la vi no estaba tan gorda. Pero no se lo dije. Apenas abrió la puerta gritó de sorpresa, y no tardó en abrazarme; nos saludamos como si nos quisiéramos tanto. Enseguida me vi arrastrado hasta su cocina mientras me pedía más amablemente de lo debido que me pusiera cómodo, que dejara mi campera en el perchero y le contara todo lo que había pasado en los últimos meses.
   De camino a la cocina, en el corredor, en una cómoda de madera oscura con cajones con terminaciones en un dorado perdido, estaba el retrato. Ella pasó por al lado, y casi como por inercia, acarició la foto por sobre el vidrio.
   Negrito contame todo, no viniste más, me recriminó con una sonrisa victimera. Yo inventé lo del tiempo, el trabajo y no sé qué más. Ella se arrimó a mí y desde el borde de la silla me alcanzó un mate verde y muy caliente, lo sequé en dos sorbos y se lo devolví. Hablamos del tiempo, el frío que le hacía doler los huesos, la llovizna de los interminables últimos cinco días, y se quedó sin palabras.
   Enseguida volvimos a la carga y me dijo en pocas palabras que me extrañaba. Yo casi le pedí perdón por el abandono de los últimos meses. Me mostró sus plantas mientras ponía más agua en la pava. Después me dijo del hijo que estaba por casarse con una chica que ella casi no soportaba, y a mi complicidad ella contestó con una carcajada.
   Para el segundo cigarrillo en el balcón ya sentíamos recuperado todo el tiempo perdido. Hilda, ahora sí, ¿cómo estás?, lancé sin temor. Ella fingió una media sonrisa y miró hacia el corredor a mis espaldas.
   Confesó todavía lo extraño, son muchos años, ¿sabes? Son muchos años, negrito. Y casi se le humedecieron los ojos. Pero no, Hilda era una mujer fuerte. Casi toda una señora.

   A Hilda la conocí al poco tiempo de mudarme a ese edificio. Yo tenía casi veinte años, ella ya rondaba los cuarenta y tantos, y quería aparentar unos treinta. No podía. Al principio nos cruzábamos poco en los pasillos o en el palier del edificio, hasta que una mañana, de esas en las que todo sale mal, el ascensor nos encerró casi por veinte minutos en el tercer piso. Estábamos solos, y su charla fue inevitable.
   ¿Hace poco te mudaste?, me tiró sin ningún tipo de pudor, y tuve que asentir. Ella había vivido allí casi toda su vida de casada. Seguimos la conversación hasta que por fin llegamos a la calle, y yo aproveché para perderla. Antes de irse por la otra vereda me dijo que pasara a visitarla o le avisara si necesitaba algo. Le prometí menos de lo que agradecí, y la vi cruzar la calle al trote.
   Desde ese día la charla de los pasillos fue cada vez más cercana y animada, hasta que un día sonó mi teléfono y era ella. Hilda estaba aburrida y quería charlar. Me invitó un café y se prendió un pucho en el balcón mientras espiaba la vereda. Me contó que su marido trabajaba en una oficina, en uno de esos trabajos aburridos de ciudad, y que tenían un hijo estudiando en otra ciudad, al que casi no veían. Más tarde llegó Ignacio, su marido.
   Ignacio tenía los ojos verdes, relumbraba su reloj plateado en su muñeca y las canas le daban el toque de madurez y cansancio que su Hilda quería disimilar con excesiva tintura. Nos saludamos con un apretón de manos quizás más largo de lo que debíamos, pero Hilda no se dio cuenta. Después comprobaría yo que Hilda nunca se daba cuenta de nada. Él sonrió, se disculpó y fue a bañarse.
   Era casi de noche, me despedí de Hilda y volví a mi departamento. Mi juventud casi había terminado, la de Ignacio estaba a punto de empezar. Ninguno lo sabía.
   Yo por ese entonces era un estudiante universitario, un par de años menor que su hijo, y como ella, me aburría en ese edificio vacío de historias, con sus pasillos penumbrosos, limpios a medias y con olor a moho. Desde ese día se hizo costumbre que Hilda me llamara una vez a la semana para charlar y tomar un café y un cigarrillo en el balcón, mirando la vereda.

   Pasaron los años, y los treinta me llevaron a otros terrenos. Me casé, casi tuve un hijo, me separé y no volví más a ese edificio. Con Hilda seguimos viéndonos, cada vez más esporádicamente.
   Hasta que una noche llegué a casa y prendí el teléfono mientras chequeaba el mail. Tenía una llamada perdida y varios mensajes. Después de inventar una cena de soltero cansado a media semana, llamé, esperando que sea algún equivocado. Ignacio se fue, me soltó apenas le dije hola, sin saber que era ella. ¿Cómo que se fue, adónde se fue? No negrito, se me fue. Ignacio se murió. Quedé helado, casi en shock. Reprimí un dolor intenso y ella me pasó la dirección.
   Cuando llegué al velorio me abrazó fuerte, como a un amigo. Y yo inventé un consuelo que en verdad no quería darle. Ignacio estaba muerto, y ella más vieja de lo que merecía.
   Después de esa noche la llamé un par de veces, casi por compromiso, y siempre postergaba el encuentro, el café y el cigarrillo en el balcón.

   Habían pasado más de seis meses. Me desperté esa mañana con ganas de verlo, hasta que me acordé de Hilda, y entonces la odié, la odié como no se odia a nadie.
   Marqué su número, pero no me animé a llamarla. Pasé toda la mañana pensando en Hilda y en Ignacio. No estaba seguro de poder hacerlo, pero cuando salí a la calle, el camino me llevó hasta el edificio que alguna vez había sido mi casa. Un vecino me dejó entrar sin hacer muchas preguntas, y toqué su puerta como tantos años antes. Apenas toqué y segundos después estaba ahí, la gorda, vieja y teñida Hilda.

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