Me hicieron hablar de convergencia.


Delimitando (no tan) nuevos conceptos: la convergencia como práctica socio cultural y espacio de intereses económicos.

Delimiting new (or not) concepts: convergence as a social and cultural practice, and like a field of economics interests.

   Resumen:
   Aquí se plantea una aproximación a la conceptualización de convergencia, vista como confluencia tecnológica y técnica, como espacio de circulación de prácticas sociales y productos culturales creados por una industria o por cualquier agente social.
   Se analiza de alguna manera como esta circulación de productos puede generar, no solo la interrelación de actores sociales, sino también un nuevo macro sector económico al que hay que empezar a darle su merecido espacio en la investigación teórica: la economía de la cultura.
   Tratamos de dejar constancia de por qué –según el economista español, Ramón Zallo, y el americano estudioso de los medios de comunicación, Henry Jenkins– algunos productos de la industria se vuelven masivos, cuáles son los factores que influyen en este hecho.
   Abstract:
   Here is an approach to the convergence concept. Convergence as a field of technological and technique confluence; and as a field where social practices and cultural products circulate. These products are created by cultural industry or any agent.
   Here it is analyzed how this process can generate the interrelation between social actors; and how a macroeconomic sector called economy of culture is created. This new theoretical approach must by study.
   It is about establishing why some cultural products become massive and what factors influence this fact. We do it from the theory of the spanish economist Ramón Zallo and the american teoric Henry Jenkins.

   Palabras clave: Convergencia ~ Economía de la cultura ~ Productos culturales
   Keywords: Convergence ~ Economy of culture ~ Cultural products



   «"La casa de papel" logra récord y se convierte en la producción más vista de Netflix», informaba el periódico colombiano El Espectador, apenas días después del estreno de la tercera temporada de la serie. Un par de semanas después, la sitcom más famosa de la historia de la televisión a nivel mundial revolucionó las melancolías en todos los idiomas: Friends festejaba 25 años de su estreno, 10 temporadas y más de 52,5 millones de espectadores en el capítulo final, según el periódico El Confidencial. Los números son cada año más siderales. Como si todo esto fuera poco y fácil de asimilar, todo se dio en el mismo año en que Harry Potter celebró 22 años en el mundo; manteniéndose aún en la lista de los libros más vendidos de la historia de la humanidad, y es –no tienen ninguna duda los especialistas en el tema– la saga más vendida de la historia. Algunos lo ubican, incluso, apenas detrás de La Biblia y El Quijote de Cervantes.
   Lo cierto es que, más allá del lenguaje, el formato, la vigencia en el tiempo, o la aceptación de los críticos especializados, estos productos culturales se han vuelto masivos. ¿No cabe preguntarse, entonces, qué hay detrás; cuáles son los factores que hacen que un producto cultural se vuelva masivo?

   Aquí hay varios factores que se entrecruzan, sin lugar a dudas. Por un lado, el extenso, interminable, inacabado también, y continuo “flujo de contenido en diferentes plataformas mediáticas, la cooperación de múltiples industrias mediáticas y el comportamiento migratorio de audiencias mediáticas” que, según Jenkins (2006, p. 13), es la convergencia mediática. ¿Qué es ese espacio, tan difícil de delimitar conceptualmente desde el sentido común, que todos llaman convergencia? ¿Cómo incide esto en la conceptualización teórica de los productos culturales? Daremos a este concepto su merecido espacio.
   En segundo término, y teniendo en cuenta los números que alcanzan en ventas estos productos culturales, logrando así su masividad, sería iluso no considerar su estudio desde una perspectiva económica. De eso se encarga Zallo (2007), y su paso por el arduo camino de le economía de la cultura, desde la cual se propone caracterizar a los productos culturales y ver cómo, y por qué, un producto cultural está condicionado por factores económicos. Esto sí que resulta interesante, y quizás logremos determinar cómo, desde las agudas miradas de Zallo y Jenkins, la convergencia es un proceso (tomemos este concepto con pinzas) no solo social o cultural, sino también un espacio de movimientos económicos. ¿Lo es?
   Continuando con esta utopía: mientras que Zallo (2007) dirá que en los productos culturales decrece paulatinamente el valor material, y crecen los costes (p. 225); Jenkins (2006) retrucará con aquello de que los viejos medios nunca mueren, sino que lo único que realmente cambia son las herramientas para acceder al mismo contenido (p. 24). Como ejemplo tenemos la sitcom Friends, y la inversión que ha hecho la plataforma de streaming Netflix al comprar por 100 millones de dólares las 10 temporadas, que en su momento habían sido no sólo transmitidas por, sino producidas para un canal de televisión. De alguna manera, los bienes son insustituibles, como Zallo (2007) se esfuerza por dejar en claro (p. 222).
   Si en este punto el lector dice que lo que este texto se propone es demasiado ambicioso, no podemos estar más de acuerdo; pero tampoco esperamos hacer un análisis revolucionario, sino más bien una pequeña confrontación, que sea tomado tanto más como una mera observación, y no como una revisión teórica. Sea así.


   Convergencia. Economía desde y para la cultura de la creatividad.
   “Es posible que oigan hablar mucho de convergencia últimamente. Pues van a oír todavía más”, dice Jenkins (2006, p. 16) en una tardía advertencia, pues no son escasos los teóricos y estudiosos que han dado espacio abundante al término y sus múltiples acepciones, aunque no echen luz en demasía sobre su significación. Sin lugar a dudas éste es un término en el que se han invertido buenas horas de discusiones durante los últimos años –solamente hablando desde el campo de la comunicación, que es lo que nos compete actualmente a nosotros–. Lo que queremos decir es, sencillamente, que la polisemia y la multiplicidad de definiciones sobre el término están a la orden del día. Partamos de esa base.

   El estallido tecnológico, la cultura de masas –o las masas produciendo culturas–, el auge las tecnologías de la información y de la comunicación y la, en principio, bien ponderada Internet; son todos términos que llegan a entrecruzarse en un complejo campo de significaciones, sentidos, choques y replanteos que autores como Jenkins (2006; p. 14) dieron en llamar “convergencia”. Lo cierto es que se dicen muchas cosas sobre ella, por ejemplo, que es un “modo de comprender un momento de cambio desorientador (…) o que la convergencia es un viejo concepto que adapta nuevos significados” (p. 17).
   Más adelante, luego de reflexionar largamente sobre el tema, el mismo Jenkins agregará algunos datos; como si esto ayudara a echar agua sobre el asunto y, sinceramente, esperamos que sí, aunque suene temerario al decirnos “la convergencia está llegando y más vale que estéis preparados”, pues es “más ardua de lo que parece” (p. 21) y sólo hay una manera de sobrevivirla: “trabajando juntos”. Que dilema.
   De hecho, este autor se ha tomado para sí la aprehensible tarea de darle al término de convergencia una definición bastante clara al decir:
   “me refiero al flujo de contenido a través de múltiples plataformas mediáticas, la cooperación entre múltiples industrias mediáticas y el comportamiento migratorio de las audiencias mediáticas, dispuestas a ir casi a cualquier parte en busca del tipo deseado de experiencias de entretenimiento. ‘Convergencia’ es una palabra que logra describir los cambios tecnológicos, industriales, culturales y sociales en función de quienes hablen y de aquello a lo que crean estar refiriéndose” (Jenkins; 2006, p. 14).

   Al final solo era por entretenimiento. Adorno y Horkheimer estarían alegres al ver que sus postulados aún siguen vigentes.

   Pero lo que realmente nos importa en esta experimentación no es el entretenimiento en sí, ni como los medios viejos y nuevos se enfrentan entre sí, o como los populares se entrecruzan con los corporativos, o cualquier otra cuestión que nos pueda traer a colación el sin dudas interesante trabajo de Jenkins (2006). Lo que realmente queremos rescatar es como la convergencia contribuye a que un producto cultural se vuelva masivo. ¿Y cómo lo hace?

   En primer lugar, arriesgaremos diciendo que cualquier producto cultural puede volverse masivo, y esto no se debe a otra cosa más que al hecho sincero y ejemplificable que señala Jenkins (2006) de que “en el mundo de la convergencia mediática, se cuentan todas las historias importantes, se venden todas las marcas y se atrae a todos los consumidores a través de múltiples plataformas mediáticas” (p. 114). Es decir, lisa y llanamente, hay lugar para todos, para una Rachel Green y para Harry Potter, para una Maléfica Angelina Jolie, y para una cantante lírica gótica como Tarja Turunen. Y seguirá habiendo lugar para cualquiera que traiga consigo una cuota de innovación, algo que permita cambiar y establecerse competitivamente.
   Ahí, Zallo (2007) señalará que ese trabajo creativo será culto, diferente u original y además responderá a las técnicas profesionales.

   Dice Zallo (2007) que, incluso desde la nueva mirada que se le da a la cultura –ya no solo como una actividad social, sino como “un sector económico potente y creciente” (p. 221)–, esta inclinación por la creatividad tiene la legitimidad de un tipo de economía que la privilegia, un tipo de gobierno que la protege, y hasta una forma de vida que se desarrolla de acuerdo a ella. Esto quizás se deba a que se ha pensado a “la cultura como el cimiento de sentido de la sociedad” (p. 218) y además el hecho de que esta nueva economía de la cultura, que plantea el autor, acoge con igual interés a los productos culturales y al lado cultural de aquellas producciones que no son culturales plenamente. Se rescata, en estos territorios creativos o inteligentes (Calderero en Zallo, 2006), la creatividad como motor del conocimiento, arroja Zallo (2007).
   Aquí de alguna manera este autor coincide con Jenkins (2006) al plantear esta idea del cambio, porque si bien no cae en la literalidad, no deja lugar a dudas de que desde la estaticidad social e histórica no podremos llegar a ningún lado. Jenkins (2006) en cambio, no tiene miedo al juicio y establece a la convergencia como un lugar de cambios (tecnológicos, industriales, culturales y sociales, etc.).
   ¿Pero por qué llegamos a la economía creativa desde la convergencia? Solo para decir que aquí prima la originalidad, la creatividad, la innovación. Quizás desde aquí hay que empezar a pensar la sociedad del futuro, es decir, la de mañana mismo.

   Un punto pareciera sumamente interesante para analizar es aquel donde ambos autores coinciden. Mientras que Zallo (2007) dice que hay territorios creativos que privilegian la creatividad y la acompañan con tipos de gobiernos, etc., Jenkins (2007) dice lo propio con la convergencia: ella “representa un cambio cultural”. Ambos hablan del cambio, uno plantea que los cambios deben darse desde lugares económicos, otro dice directamente que el cambio se ha dado en la llegada de la reticularidad, la cultura participativa, la creación colectiva, los prosumidores. Ambos dan cuenta del nacimiento de nuevas maneras de construir el mundo. Hemos de mirarlas.

   Dos análisis de una misma realidad.
   En la época nueva–esta de la convergencia, las multiplicidades de todo tipo y hasta la sobreabundancia de información, contenidos y productos– hay un hecho que resalta, o que al menos nosotros elegimos darle preponderancia. Y es el hecho de que, al parecer, todo se ha vuelto algo colectivo. “El consumo se ha convertido en un proceso colectivo” (p. 15), dice sin ningún tipo de reparos Jenkins (2006) luego de introducir fríamente el concepto de “cultura participativa”, y dejar en claro que todo lo actual puede ser de a muchos, que todo lo nuevo “contrasta con nociones más antiguas del espectador mediático pasivo” (p. 115), aquel que no participaba en los procesos creativos.
   Pero no por esa múltiple participación dejan de ser trabajos creativos, de hecho, ambas partes pueden complementarse, completarse y sostenerse mutuamente. Al contrario, hasta nos arriesgaríamos a decir que lo creativo alcanza su cenit en esa múltiple creación.
   Por un lado, la creatividad individual de un autor, y por el otro, la participación colectiva de miles de fanáticos que complementan la historia, que resignifican los versos de una canción, o que miran la obra desde otra perspectiva. El canon y el fandom se crean y retroalimentan mutuamente. Los fans se han movido, como interesantemente señala Jenkins (2006), “desde los márgenes invisibles de la cultura popular hasta el centro de la reflexión actual sobre producción y el consumo de los medios” (p. 23). Y esto no necesariamente va en detrimento del valor simbólico del producto, sino que, incluso, lo incrementa, o al menos ayuda a re-mirar. La cultura de la creatividad, la cultura de la convergencia, invita a reinventar lo ya inventado.
   De hecho, es tan fuerte y revolucionario este nuevo modo de crear que “la creación colectiva de significados dentro de la cultura popular está empezando a cambiar los modos de operar de la religión, la educación, el derecho, la política, la publicidad e incluso el mundo militar” (Jenkins, 2006, p. 15).

   Desechar en la convergencia, una utopía.
   La evolución es cíclica. Y en una de esas vueltas, llegó la convergencia. Así lo demuestra Jenkins (2006), cuando dice que “las industrias mediáticas están experimentando otro cambio de paradigma” (p. 16), unos años más tarde de aquellos ahora tan lejanos años ’90, cuando empezaban a circular términos como “nuevos medios” y “viejos medios”, y la idea de que los unos iban a “desplazar a los viejos, que Internet iba a desplazar a la radio y la televisión”. Una idea cada vez más cerca de la utopía, por increíble que parezca.
   Hoy en día, nos resulta irrisoria la idea de que un medio desaparezca por la llegada de otro, pareciera más bien que se van mutuamente alimentando y reinventando; así, la cámara se une al teléfono y a los reproductores de música, los diarios potencian su alcance mediático desde los portales, y hasta las radios logran sobreponerse al estallido tecnológico sumando a su trabajo la prensa gráfica y las redes sociales. Grafiquemos:
   “La historia nos enseña que los viejos medios nunca mueren, y ni siquiera se desvanecen. Lo que muere son simplemente las herramientas que utilizamos para acceder al contenido de los medios (…) Las tecnologías de distribución quedan obsoletas y son reemplazadas; por otra parte, los medios evolucionan. EI sonido grabado es el medio. Los CD, los archivos de MP3 y las cintas de 8 track son tecnologías de distribución” (Jenkins, 2006, p. 25).

   La convergencia, dice el teórico Ithiel de Sola Pool (citado por Jenkins, 2006), “opera como una constante fuerza de unificación” (p. 22). Los medios hacen su propio juego en ese extraño proceso que es la convergencia. Y a lo sumo, el que más atento debe estar, si no quiere perder la partida, es el prosumidor.
   De esto se trata también la convergencia. Como señalaba allá por 1983 Pool en su Technologies of Freedom (1983), cuando hablaba del “cambio en el seno de las industrias mediáticas”, un proceso que hace desaparecer “las líneas entre los medios, entre las comunicaciones entre dos puntos, como el correo, el teléfono y el telégrafo” (Pool en Jenkins, 2006, p. 21).
   Lo único que parece que nunca va a desaparecer, aunque su contenido varíe, su público cambie, y su status social se eleve o caiga, es un medio que se establezca –afirma Jenkins– “satisfaciendo alguna exigencia humana fundamental”, mientras lo haga, mientras cumpla su función, estará dentro del “vasto sistema de opciones comunicativas” (p. 25).
   No solo los productos culturales son insustituibles (como señalara Zallo, 2007, pp. 221-222) entonces, pues gracias a su función social, los medios también se vuelven con esta característica. A lo sumo “sus funciones y status varían con la introducción de las nuevas tecnologías” (Jenkins, 2006, p. 25).

   Hoy en día, otras cosas que se han vuelto increíblemente diversas y se han redibujado–‘desdibujar’ no parece el término más oportuno en estos terrenos–son, y retomando aquello de la cultura participativa, “las formas de relación entre la autoría y el usuario, la distribución, la oferta, el acceso de los usuarios y la financiación” (Zallo, 2007, p. 224).Coincide Zallo (2007) cuando habla de “una economía en permanente renovación productiva, interpretativa o comercial, en continua innovación y con gran dosis de flexibilidad” (p. 223).
   Claro que no es lo mismo hablar de innovación en cuanto a los productos culturales que cuando se refiere a los medios o los espacios desde donde esos productos son creados.
   Pero sin dudas ambas renovaciones se dan en paralelo, aunque tengan modos o tiempos diferentes según los casos. El proceso “es acelerado en los servicios y mercancías culturales” (p. 223), pero en cuanto a medios, o lo que tiene que ver con industrias mediáticas, el tiempo es más largo; sino miremos a Jenkins (2006) retomando 16 años después los sueños de los ’90.
   Claro que las cosas han cambiado –vaya si lo han hecho– y hoy hasta el término para denominar el proceso se está mutando a “divergencia”, según Jenkins, aunque remarca que su mentor Pool lo tomaba como “dos caras del mismo fenómeno” (p. 21). Pero quizás esto sea puesto a consideración por una pluma más acertada.

   A modo de conclusión.
   Llegados a este punto retomamos lo dicho al principio, no pretendemos ser revolucionarios, tan solo un poco revisionistas del trabajo de dos teóricos que han tratado de dar un poco de luz sobre estas nuevas maneras de construir el mundo. Un mundo donde los productos culturales no son solo cosas de todos los días, sino también el producto de una industria que basa su éxito en la innovación, la multiplicidad de voces y de actores, y, sobre todo, la construcción colectiva. Y eso es lo que les vale la masividad, eso es lo que hace que hoy, 25 años después, Friends siga siendo la sitcom más vista, o que Harry Potter, foráneo en gran parte del mundo, sea más consumido que cualquier otro personaje local.
   Todo esto demuestra la gran capacidad de la convergencia para tramitar productos culturales, en el sentido más económico de la palabra. Creemos oportuno empezar a mirar entonces, desde este lugar, a ese amplio sector económico en que se ha convertido la cultura, y dejamos abierta la puerta a una nueva conceptualización que es “divergencia”. Quizás en otra oportunidad podamos explayarnos al respecto y darle su merecido espacio.

   Bibliografía:
Jenkins, H. (2006). Introducción: <Adoración en el altar de la convergencia>: Un nuevo paradigma para comprender el cambio mediático, en Convergence Culture. La cultura de la convergencia de los medios de comunicación. (pp. 13-34). Barcelona, España: Paidós.
Zallo, R. (2011). “La economía de la cultura (y de la comunicación) como objeto de estudio”. Zer­Revista de Estudios de Comunicación, 12.

EFE. (2019, agosto, 5). «"La casa de papel" logra récord y se convierte en la producción más vista de Netflix». El espectador. Recuperado en https://www.elespectador.com/entretenimiento/medios/la-casa-de-papel-logra-record-y-se-convierte-en-la-produccion-mas-vista-de-netflix-articulo-874488
Lorente, N. (2019, enero, 27). «“Friends” (Netflix): 16 millones de episodios se ven al día en todo el mundo.» El confidencial. Recuperado en https://www.elconfidencial.com/television/series-tv/2019-01-27/exito-friends-serie-netflix-aniversario_1782002/

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