Martes.

   Corrientes es una ciudad amarga, de sol incandescente y con cliché de noche romántica a la orilla del río con la luna mirando en todos los rincones. Las buenas damas hacen taconeos molestos sobre el macalam viejo y ocupan las mesas largas de los restaurantes caros. Así es Corrientes, todo está adjetivado, no hay lugar para la pobreza de corazón. Acá los únicos pobres son los que abandona dios (que sólo por hoy no se sabe quién es), los que deja bajo la lluvia en un día como hoy, donde el calor respira hondo para volver a soplar con fuerza sobre nuestro techo.
   Del otro lado de la ventana el cielo es azul y se recorta la figura del albañil que encima ladrillos para alcanzar el mar de las alturas.  Abro los postigos y el jazmín del aromatizador se mezcla con la salsa del vecino que me distrae del ruido de coches detrás de la avenida.
  La primera vez que vi tu foto tenías el pelo largo peinado con las manos, y unos mechones apenas mojados delataban el arreglo rápido antes de posar. Que te traigan, que te quiero ver, que quiero saber quién vos sos. La sonrisa más linda es la de de repente y el cielo hace un año era azul, era noche de patria y alcohol, y ahí me quedo si querés, extrañandote un poco para mañana.

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