De Sebastián y sebastianes
La tarde se desmayaba lenta y cansada entre los árboles cenizos del verano, mojados en polvo y sal a la orilla del río. Sebastián bajó corriendo las escaleras, cruzó en dos pasos la cocina y se unió a la familia que lo esperaba en la puerta. Del otro lado de la calle la vecina gordinflona había apoyado la escoba contra un árbol y se acomodaba el pelo mientras los veía salir de la casa. Sebastián acomodó el último bolso, se apoltronó en el asiento de atrás y el coche arrancó la marcha cargada de ansiedad. Miró por el parabrisas y vió por última vez la casa que lo había visto crecer, sin pensar que se iba para no volver. Bajó la cabeza para que no le vean la cara y contuvo una lágrima nueva. La vida estaba empezando.
***
Pasaron cuatro años, Sebastián acaba de llegar de la calle. Llueve en la ciudad y parece domingo, un domingo de esos que son muerte y nostalgia en las ciudades grandes. Sebastián tiene el pelo más largo, la mirada más dura y se entretiene jugando con los flecos de un mantel mientras calienta el café. Café, ese es el último hábito que adoptó en su vida de estudiante. Ahora Sebastián toma café.
Agarra la taza y camina hacia su escritorio, abre la computadora y chequea la casilla de mail mientras sorbe los tragos muy calientes de un café muy negro. Queda casi nada del niño que lloraba a escondidas en el asiento trasero del auto familiar hace unos años. Recuerda los tumultos de crecer de repente, a solas, encerrado en ese departamento frío de un edificio todavía más frío de una ciudad a la que poco le importan los sebastianes de la vida.
La primera vez que se atrevió a incursionar por su cuenta la ciudad casi lo choca un auto, ahora los sabe esquivar muy bien, y allá va a los saltos ganándose el cordón y la vereda mientras aprieta entre las manos los libros prestados. Cuando puede baja a la plaza y juega con las hojas de los árboles mientras disfruta el sol que tanto le mezquina el edificio de departamentos.
Pero hoy no hay sol, hoy es un día de lluvia y canción. Sebastián deja la taza a un costado y lee los últimos capítulos de un libro, lo aparta, agotado, y se resbala en la silla suspirando. Mira por la ventana la lluvia que no cesa y se sorprende mirándose el reflejo en el vidrio.
Piensa qué estarán haciendo sus padres y hace tiempo que no hablan. Ya casi no los necesita, ahora es un estudiante a 600 kilómetros que lidia con los detalles rústicos de la burocracia y los sabores dulces de la juventud. Sebastián es, como muchos, y él lo sabe, uno más de la gran caravana de peregrinos obligados de la vida.
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