Gustavo.

   En los pasillos circulan rumores, los estudiantes jóvenes lo miran con recelo y curiosidad, los más viejos ya lo olvidaron. Solo unos pocos lo admiran.
   Él llega en las mañanas, sus pasos -como todos sus movimientos- son precisos y seguros. Viste un pulcrísimo traje negro y la raya de su pelo deja en claro los años de riguroso cuidado personal de este hombre de tantos misterios. Camina mirando el suelo, como si no quisiera cruzar la mirada con nadie, como si tuviera miedo, o quizás no quiere que lo aparten de sus pensamientos.
   En su aula reina la calma, los lápices dibujan proposiciones inconcretas y avivan la llama de su voz. Repite una y otra vez las mismas palabras y gasta la suela de sus zapatos caminando por el aula. En el último pupitre un par de alumnos cuchichean y él los ignora olímpicamente, diez filas más adelante, un alumno lo mira embelesado. Él disfruta su último speech, con la excusa de una cita le regala unos firuletes en la pizarra y se cruzan las miradas.
   La clase ha terminado, los estudiantes escapan a los pasillos atestados de politiquería barata y cigarrillos. Ellos dos esperan, retrasan la partida y saben que deberán esperar otra semana. Finalmente el alumno abandona su lugar y lo deja solo, de espaldas a la puerta, ensimismado en sus pensamientos. El profesor imita una mueca, no sabe sonreír, pero está satisfecho. Gustavo sabe que ha ganado un admirador.

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