El chalet Perrando tiene su propia música.
Hace unos años sus
muros oscurecidos se agrietaban y los matorrales del jardín colgaban a través
de las rejas oxidadas. Esa noche de agosto Nakapelyukh apoyó el mástil del
contrabajo en su hombro y apretó las cuerdas. Con los ojos cerrados y el gesto
sonriente, el ucraniano mató el silencio con sus manos de músico. Afuera, en
los jardines, las flores pálidas anunciaban un verano seco como el canto rodado
de los caminos.
Fue
la casa del más prestigioso médico de la región, quedó sin dueños y nadie la
pudo heredar. Fue expropiada y después de medio siglo reabrió sus puertas en
2015, para eventos sociales y culturales. La Villa Perrando, también llamada
chalet, pasó de obsequio del doctor Rapaccioli a su amigo, a casona donde
habitó el olvido.
Los
largos salones se pierden en la mirada asombrada de los visitantes ocasionales
y los suspiros no alcanzan a empañar los cristales tallados de los ventanales.
Detrás, el jardín de estilo inglés atrae la mirada de algún peatón que por un
momento se olvida de correr tras una rutina. Es que casi imposible es pasar por
la vereda y no querer escuchar el paso del tiempo. O lo que ha quedado de
aquellas escalinatas de mármol de Carrara, los azulejos traídos de Alemania,
vitrales franceses y el piso de pinotea que llegó desde Canadá.
Agosto
le da a Resistencia un tono rosado de lapachos, que empalidecen frente a los escalones
anchos y pulidos de la entrada. Al final de la escalinata el hall cubierto por
un techo que se confunde entre un verde Castleton y un Brunswick. En las
paredes color pastel hay faroles prendidos que dan tenue iluminación a un atril
con información del evento. Las rejas se abren en Sarmiento y Ayacucho.
Pasos
cortos, uñas bordó en las manos arrugadas y manchadas por los años de las damas
de esta élite que se atreve a entrar en la historia. Los caballeros no fingen
cortesía, la llevan en sus espaldas, como a un recuerdo pegado. Allá, del otro
lado de la calle, después de las rejas, el dolor interrumpe el frío del
invierno pidiendo monedas en un bar.
***
Julio Cecilio Perrando, un porteño
descendiente de españoles y nobles italianos, estudió medicina en la Universidad
de Buenos Aires y se recibió con honores. Al ingresar al ejército argentino, en
el grado de Cirujano de Cuerpo, solicitó ser destinado a algún lugar donde se
requieran sus servicios.
Primero
probó en Mercedes, Corrientes, pero la historia desde aquel 1904 quería
contarse de otra manera. La confianza de sus superiores le dieron un nuevo
destino: la Colonia Resistencia, joven capital del Territorio Nacional del
Chaco. El 28 de octubre, el que más tarde fuera intendente, político,
estanciero, militar y primer cirujano de la provincia, desembarcaba en la
pequeña Barranqueras. Resistencia tenía apenas 30 años.
Quizás
el gran avance industrial, económico y social impulsado por los inmigrantes
italianos le daban a esa parte del Chaco otro color, y la elite social,
mayormente italiana, le dio al joven doctor la más cálida de las bienvenidas. En
1905 lo nombraron Médico Municipal y al año siguiente inauguró su propio
consultorio.
El
sueño de Perrando –y la introducción de esta historia- comenzó en 1906 de la
mano de quien fuera su profesor universitario, el doctor Domingo Felipe Cabred,
quien lo incentivó a crear un Hospital Regional en la Colonia Resistencia.
***
La
puerta se abre y se escapan un par de notas a la noche de una Resistencia
agrietada y extensa, tan lejana de aquella que recibiera por primera vez al
doctor Perrando. El contrabajo y la guitarra se acompañan, compiten y se
callan. Iván Nakapelyukh levanta la vista y sonríe al público sobre su
contrabajo. A su lado, una guitarra llora una pena cualquiera.
La
estancia alberga un contraste alto entre el tono de las paredes y el techo
contra los cortinados rojos que llegan hasta la alfombra. Las paredes chocan
con las espaldas que se estremecen, y un reloj de péndulo a las diez en punto corta
los murmullos y se mezcla con la música. Las damas y los señores de la ciudad
se miran y no ocultan el orgullo de estar en la que fuera la casa más codiciada
de la ciudad allá, por los años ‘30.
***
Rondaba
el año 1919, el siglo XX prometía ser de grandes cambios, no solo a nivel
mundial, sino también para los pueblos pequeños, como la Colonia Resistencia. A
solo dos cuadras de donde está ubicado el Chalet Perrando vivía el doctor
Adolfo Rapaccioli, dueño de un imponente palacete que había sido obra del
arquitecto suizo Bruno del Mónico. Rapaccioli siempre eludía el pedido de su
amigo Julio que le pedía comprar su chalet. Hasta que un día, vísperas del
cumpleaños de éste, Rapaccioli decidió regalarle los planos de su propia casa,
para que el ya afamado y querido doctor Perrando construyera su casa. Y así lo
hizo.
Perrando
decidió entonces, quizás como un gesto de respeto por la obra de del Mónico,
llamarlo para diseñar su casa, basada en la de su amigo. Demás está decir que
ambos trabajaron juntos en la elección de materiales, tonos y detalles, aunque
sin dañar el diseño original. Cincuenta hombres, cuenta la historia, fueron los
encargados de construir la residencia del hombre y el hito. Cuatro años y una
fiesta para lo más selecto de Resistencia inauguraron la Villa, allá por 1928.
Lejos de ser la señorial propiedad
del prolífico médico y político que acogió Resistencia en el siglo XX, hoy la
mansión se ha convertido en un vistoso escenario de regodeo de políticos y la
creme, y el frío de la burocracia está presente entre sus muros. El Chalet
Perrando fue restaurado y reinaugurado en mayo de 2015, después de largos años
de abandono y peleas judiciales por ver quién lo heredaría.
Todo comenzó cuando el 13 de diciembre de 1957
moría, después de veinte años de lucha contra la leucemia, una de las
personalidades más destacadas de la sociedad resistenciana. A partir de
entonces, la casa que había mandado construir entre 1924 y 1928 quedó en total
abandono. Julio Perrando murió sin tener hijos, ni se había casado, así que
todas sus propiedades pasaron a su hermano menor, el especialista en
enfermedades de la piel y ginecología, Raúl Pablo Perrando.
Raúl
no se apartó totalmente del lugar ni el legado de su hermano, pero aún así la
casa fue cayendo en el abandono. Y casi destruida fue rescatada, después de
cincuenta años, por gestiones de la Sociedad Italiana.
En 1971, cuando
la vejez era compañera, el hermano Raúl invitó a su enfermera personal María
Concepción Jaquet de González a que viviera junto a su familia en la casa del
doctor. Allí, en la misma Villa moriría cinco años después, en enero de 1976, el
doctor Raúl Perrando, dejando como únicos ocupantes a la enfermera y sus hijas,
quienes podrían ocupar el inmueble hasta el día de sus muertes. Los datos
figuran en la causa denominada Jaquet de Gonzalez, María C. s/ testamentario.
Expediente 453/81”, del Juzgado Civil y Comercial de Resistencia, y fueron
aprobados por el entonces albacea legal de los doctores Perrando.
En 2006 el inmueble fue expropiado
bajo la ley 5746, con el fin de crear un centro cultural o museo. Cuatro años
más tarde (2010) pasó a manos del Instituto de Cultura, quien finalmente lo
cedió en comodato, por veinte años, a la Asociación Italiana de Resistencia.
La
Asociación Italiana decidió recuperar la Villa Perrando (también llamado
chalet), el mismo que en 1996 fuera considerado como Patrimonio Cultural del
Chaco a través del Decreto 2036. En mayo de 2011, la Asociación Italiana de
Resistencia tomó posesión judicial del edificio, cosa que no se volvió efectiva porque estaba
habitado por una familia de apellido Gonzalez, y aunque se les ofreció otros
lugares para vivir, la familia se negaba a dejar el lugar.
Más
tarde, después de ofrecerles un departamento alquilado, se les ofreció al
matrimonio Gonzalez, una casa para que pudieran abandonar el chalet. “Se fueron
contentos”, dijo la presidenta de la Sociedad Italiana Marcela Murcia.


Comentarios
Publicar un comentario