Un viaje nada común

*Para Javier y para Nico, donde quiera que estén

El sol del martes cae entre los árboles y los respaldos de los asientos cuando la vida, en sus diferentes maneras, baja y sube del colectivo durante un recorrido por la ciudad.

“Me levanto temprano siempre, y hago cuatro o cinco vueltas diarias, y cuando no tengo que laburar, tengo una huerta en casa”, dice Javier, como queriendo describir lo sencilla que es su vida cuando no está sentado durante horas recorriendo la ciudad en su colectivo. Tiene 39 años y hace cinco que trabaja en una de las empresas más grandes de la ciudad.
Al lado del volante tiene una foto de dos gorditas con cachetes sonrosados y dientes chiquititos. “Mis gorditas”, dice y sonríe mirando a Julieta y Marisol. No hay foto de la madre, tampoco la nombra. La tarde se muere hermosamente sin lluvia pero con sol, y la avenida se hace larga cuando el colectivo entra en ella y el cielo azul se vuelve naranja y amarillo y cae sobre Resistencia como cae la lluvia en un día cualquiera.
A las cinco de la tarde Memphis subió al coche, marcó un boleto y murmuró un tímido “hola”, tratando de enganchar la mirada de ese hombre cansado. No recibió respuesta y el coche aceleró mientras los charcos de agua manchaban los laterales.
La camisa arrugada de un universitario le hizo fruncir el ceño y miró para otro lado. Buscó un asiento en las filas del fondo y solo vio un rostro conocido contra una ventana. Simuló una llamada y bajó la vista al suelo para evitar un saludo indeseado. Se acomodó atrás, en un lugar para sillas de rueda y miró la calle unos instantes.
En la siguiente parada una mujer regordeta y con niños subió al colectivo. Los gritos lo pusieron de mal humor y se volvió a concentrar en el camino. El colectivero –después sabría que se llamaba Javier– se había recostado sobre el volante para gritarse chistes con un colega de un colectivo a otro.
A los diez minutos, de que había subido, Memphis encontró un asiento vacío junto a la ventanilla del fondo, justo frente a la escalera. Veía subir y bajar a los pasajeros y había pocas posibilidades de tener que darle el asiento a alguien. Mientras se acomodaba, el coche dejó el barrio y subió un par de cuadras por la avenida. El día estaba cálido, no parecía otoño aún.
Los primeros lapachos se hacían cada vez más chicos y menos frondosos, las flores violetas ya estaban casi extinguidas en el suelo, y las pocas que quedan en los árboles encontrarían pronto su lugar en el pasto crecido del boulevard. Poco a poco las palmeras irían ganando terreno y el tránsito haría lo imposible para no dejarlas crecer para los costados.
La segunda avenida estaba más llena de autos. Los trapitos corrían de un lado a otro con sus pequeños lampazos, repartiendo agua sucia con un poco de detergente. En la otra bocacalle un automovilista discutía con uno de ellos porque le había ensuciado un parabrisas recién salido del lavadero. Sin propina y muerto de risa uno de los muchachos volvió debajo de la palmera donde tenían los baldes. Otro acomodaba unos cuantos billetes de dos pesos un poco maltrechos que acababa de sacar de su bolsillo.
El colectivero volvió a frenar en otra esquina y mientras esperaba el recambio de pasajeros hablaba con el guarda que había subido. “Te vi el otro día, pero te fuiste temprano”, comentó el segundo. “Andaba con gata”, dijo Javier, aludiendo al baile del sábado anterior, y la risa se volvió cómplice justo cuando el reloj de Memphis marcaba las 17:35. En el del colectivo eran las 2:15.
En la siguiente parada la mujer regordeta bajó sus pies cansados, y uñas que alguna vez estuvieron pintadas de negro, a la vereda, mientras los niños se entretenían arrancando hojas de una rosa china de un jardín. Detrás de ella bajaron dos estudiantes de medicina con guardapolvos blancos y largos y apretaron el paso para no llegar tarde a clase.
El colectivo volvió a entrar en un barrio y de la lluvia del fin de semana todavía quedaban rastros en una calle de barro sin enripiar. Las luces de las calles todavía no se encendían, y ya para las seis de la tarde el colectivo se llenó de estudiantes secundarios y su bullicio habitual. Dio dos o tres vueltas difíciles en el barrio y enganchó una diagonal para salir otra vez en la avenida principal.
Javier aprovechó una parada para leer unos mensajes en su celular y escribió una respuesta rápida antes de que cambie el semáforo. Otra parada hizo que el coche se vacíe un poco cuando un grupo de estudiantes se bajó entre planes de viaje a Bariloche y promesas de verse al otro día.
El tránsito hizo que el colectivo apure el paso, como si tuviese más prisa que el conductor, y después de un par de paradas subió un niño de once años a repartir tarjetitas con frases romanticonas y dibujos de osos de peluches. Sus once años de hambre y soledad y su camiseta estirada y sucia le quedaban tan grandes que lo hacían parecer de ocho.
Saludó al chofer con el ánimo de quien se encuentra con un amigo que no ve hace mucho y después de gastarse un par de bromas futbolísticas e inocentes, empezó a recorrer el pasillo. “Buenas tardes, permiso señor, señora”, decía mientras dejaba en el regazo de los pasajeros su pobre mercancía.
 Foto: Memphis No
“Nico, señor”, murmuró tímido cuando Memphis le preguntó el nombre, y lo regó con una mirada tímida, como pidiendo algo más que unas monedas. Volvió a los primeros asientos y agradeció a un par de pasajeros que le dieron billetes pequeños y recogió todas las tarjetas. Cuando estuvo frente a Memphis bajó la mirada a sus pequeños pies sucios cubiertos con zapatos de goma y volvió a levantar la vista sonriendo cuando recibió unas monedas y un paquete de chicles.
“Gracia señor”, dijo y le hizo una seña a Javier para que lo dejara en la siguiente parada. “No vemo amigo” gritaron, casi al unísono y Nico corrió para intentar subir a otro colectivo. El coche fue perdiendo gente a hasta llegar a una plaza pequeña de un barrio donde lo esperaba una familia completa y bulliciosa.
Todos subieron y saludaron a Javier como a un amigo que ven casi siempre. Estaban vestidos de fiesta y una niña de rulos negros y ojos grandes llevaba una bolsa de papel rojo brilloso con manijas de cuerda y una tarjeta.
El colectivo dio la vuelta por la plazoleta y reemprendió el regreso al centro de la ciudad cuando el boleto marcaba los primeros diez minutos de 19. Otra avenida más se empezaba a llenar, marcando el inicio de la hora pico, y la ciudad empezaba a aullar el final del día.
Javier estaba cansado. “Es la última vuelta que hago”, le dijo a Memphis. “Mañana entro a las seis de nuevo”, y la mirada de ambos se concentró en la fotografía de dos niñas al lado del volante.
En la siguiente parada se bajó Memphis y agradeció a Javier y a Nico por un poco de humanidad en medio de una tarde para nada común. 

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