Domingo en Corrientes.
Es domingo de muerte en Corrientes. La ciudad se recupera lenta y en silencio de la tormenta que desarmó árboles y el servicio eléctrico el día anterior. Los vecinos duermen la siesta larga de unas vacaciones que ya se terminan y dan paso a una nueva vorágine de cursadas, horarios complicados y trasnochadas de libros y mates amargos. Porque en Corrientes el mate amargo es un ritual, como mirar la luna sobre el Paraná. Inalterable.
Inalterable es también el ritual de Ogi, cuando al verme sentado a la computadora me maulla pidiéndome un poco de atención, que siempre termina con ella en mi regazo apretando sus manitas pequeñas contra el borde de la mesa. De fondo Los Palmeras corean “báilame la suavecita, mírame y gózame. Que la cumbia es sabrosita si la bailas suavecita”.
Ayer Corrientes volvió a llenarse de agua y gente corriendo a refugiarse bajo los techos de los negocios casi vacíos. “La crisis se pasea por las calles y la tristeza del pueblo es un barco que no llega a destino”, cantaba Cacho hace unos años. Y su lírica sigue siendo tan actual como este mate amargo en Corrientes.
El país se resiente de la pelea y la persecución política de unos sectores de poder contra otros, la sonrisa del amigo es un lujo que no todos pueden darse, pero que florece de a poco, cuando cruza la calle un perro pelado y viejo que ya no tiene amo. En el kiosco de la esquina los empleados me piden el menú del día y otra vez se desilusionan cuando confieso serio que los domingos no cocino. Se ríen cuando tarareo una canción de Leonardo Favio en la radio y me despiden animados cuando termino mis compras.
“La tristeza del pueblo es un barco…” que han hecho naufragar por un momento.
Miro la calle rota, casi vacía, donde a veces se ve a las doñas llegando a casa para hacer el almuerzo del domingo. Cruzo frente a las puertas y voy imaginando con que vidas llenan esos días largos que tienen que vivir.
En el edificio de la esquina hay cortinas vistosas en cada departamento, nadie se asoma hoy a las ventanas, no es entretenido mirar por la ventana si nadie camina por la calle. Todavía para muchos el mundo no amaneció. Cruzo la calle, cierro el portón y otra vez casi estoy solo en casa. Ogi me espera en su sillón. Es domingo en Corrientes.
Inalterable es también el ritual de Ogi, cuando al verme sentado a la computadora me maulla pidiéndome un poco de atención, que siempre termina con ella en mi regazo apretando sus manitas pequeñas contra el borde de la mesa. De fondo Los Palmeras corean “báilame la suavecita, mírame y gózame. Que la cumbia es sabrosita si la bailas suavecita”.
Ayer Corrientes volvió a llenarse de agua y gente corriendo a refugiarse bajo los techos de los negocios casi vacíos. “La crisis se pasea por las calles y la tristeza del pueblo es un barco que no llega a destino”, cantaba Cacho hace unos años. Y su lírica sigue siendo tan actual como este mate amargo en Corrientes.
El país se resiente de la pelea y la persecución política de unos sectores de poder contra otros, la sonrisa del amigo es un lujo que no todos pueden darse, pero que florece de a poco, cuando cruza la calle un perro pelado y viejo que ya no tiene amo. En el kiosco de la esquina los empleados me piden el menú del día y otra vez se desilusionan cuando confieso serio que los domingos no cocino. Se ríen cuando tarareo una canción de Leonardo Favio en la radio y me despiden animados cuando termino mis compras.
“La tristeza del pueblo es un barco…” que han hecho naufragar por un momento.
Miro la calle rota, casi vacía, donde a veces se ve a las doñas llegando a casa para hacer el almuerzo del domingo. Cruzo frente a las puertas y voy imaginando con que vidas llenan esos días largos que tienen que vivir.
En el edificio de la esquina hay cortinas vistosas en cada departamento, nadie se asoma hoy a las ventanas, no es entretenido mirar por la ventana si nadie camina por la calle. Todavía para muchos el mundo no amaneció. Cruzo la calle, cierro el portón y otra vez casi estoy solo en casa. Ogi me espera en su sillón. Es domingo en Corrientes.
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