Adoro.
Yo tenía mucho menos de 20 años, y la inexperiencia toda de un pueblerino, cuando por primera vez me iluminaron la voz segura y las palabras precisas de alguien que ya había atravesado toda esa vida que a mí aún no me había descubierto.
Y no fue mucho lo que hizo falta para que me temblara la seguridad que me inventaba yo en esa niñez tardía.
Pocos minutos de charla que nos dimos, y alguna vez se me durmió el pensamiento cuando casi te crucé en aquella esquina. Todavía me imagino el perfume amargo, los treinta y dos años que parecían veintitrés, la dulce mirada que me dedicaste en algún momento hasta que nos esquivamos, que era lo indicado.
Después se fue la vida por otros costados, mi silencio fue todo para ese amor que nunca supiste y que atesoro desde entonces, como el niño que me han dicho que duerme ahora apretado en tu pecho.
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