...sobre el olvido.
Hoy no
tengo nada para decir. Pasa a menudo, casi siempre. De fondo, un cantor repasa
algunos éxitos en algún escenario y aquí la noche aterra, como siempre la
noche, cada noche.
El mundo
de a poco se me vuelve un lugar inaccesible, brusco y agresivo; pero hoy la
vendedora de dulces me atrapó en una conversación sobre el clima y sus ojos me
dieron toda la razón. Mientras aquí me aturde más tu olvido que los inapagables
aires acondicionados de los vecinos, y la soledad de una noche oscura de lluvia
y frío en un verano pleno.
Las
pupilas tratan de adivinar las sombras de la avenida que se asoma detrás de los
largos edificios que encierran vidas y dolores camino al cielo. Las pupilas
tratan, pero no pueden. Así debe saber la soledad. La soledad, ese bonito
misterio que al descubrirlo es atroz y amargo como un mate en el pasillo, como
un tango viejo en la voz nueva.
Quiero
saberlo, quiero saber las respuestas a preguntas que no me puedo formular,
porque no encuentro donde buscar, no sé qué papeles firmar, solo quiero un poco
más de tu voz en las noches tristes de mi juventud. Quiero tomar esos trenes,
comerme todos los pasteles, apagar los cigarros en esta lluvia que limpia los
cristales rotos de la ventana ajena. Quiero escribir canciones, pero no sé
hacer versos, quiero pintar cuadros, pero no sé manejar los pinceles, quiero
comerme tu mundo, pero no tengo más que el olvido de tus ojos verdes y los golpes
secos de tus manos ásperas. Y entonces, si no tengo casi nada, qué palabras
puedo darte, qué darte más que el perdón y el amor en silencio y eterno que un
día te prometí sin decirte a vos casi nada.
Se murió
ayer un pedazo de mi vida cuando te vi detrás de la vidriera, haciendo vos tu
vida, tus milagros de amar y caminar, abrazando otra cintura, calmando otros
dolores, contagiando en otros balcones la sencillez de tu vida. Tu vida, retazo
de alegría que yo tomé sin preguntar y que inundé de caricias y de besos
pensando que sería como la ilusión, eterna y también mía. Que pena del amor,
del silencio y la nostalgia ataca a estas horas al alma mía, de dónde viene a
preguntar dolores que ya no quiero, amores que ya no tengo, versos que ya
olvidé. Y todavía no es domingo.
Ya regué
las plantas.
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