Una mañana con Nora Bär.
Son las 10 de la mañana de un lunes que promete más calor que alegrías, y ya me sentí estúpido una vez en lo que va de la mañana. Y es que, apenas pasadas las 8, abrí el teléfono por enésima vez, después de una larga noche de insomnio, y vi que anunciaba "lunes, 10 de enero", y de repente tuve un ataque de filosofía new age y pensé "una nueva oportunidad". Inmediatamente salté de la cama, y para quitarme el mal sabor de boca, me ahogué bajo el agua hirviendo de la ducha hasta que la piel me gritó basta.
Elegí un sombrero, cerré la ventana y bajé a la panadería de la Betty que dulcemente me dijo que aún no había horneado mis bizcochos preferidos. Empecé el día cambiando el menú y con un mate más amargo de lo que esperaba, mientras en el primer piso el niño de la vecina juega ruidosamente con sus autos de plástico por todo el pasillo. Abro "Viceversa" de Nora Bär y mastico rápido dos de sus columnas mientras intento que el mate no se enfríe. El niño se ha guardado en su casa y en el edificio de al lado la vecina de la mirada asesina fuerza a andar su lavarropas.
¿Una nueva oportunidad de qué?, me pregunto, si a la vida no hay que hacerle nada, pasa sola, a su tiempo y con sus bemoles, como a ella le gusta. La autoayuda está arruinando el mundo, estoy cada vez más convencido. Giro la cabeza hacia la habitación y le pregunto a Ogi si ya está despierta. No contesta. Pienso que seguro dormirá hasta tarde después de haber correteado por todo el edificio durante la madrugada, mientras el vecino se esforzaba para que todos nos enteremos de que él estaba teniendo una extensa noche de sexo.
Vuelvo al libro de Nora, que siento como una de esas amigas buenas que te da la vida -de hecho, la veo bastante parecida a Nidia, a quien tuve el gusto de saludar hace apenas dos días. La encontré bien.- y me asombro de la calidad que tiene para combinar lo puramente científico con el humor en su lenguaje.
El mate ya está frío, apenas son las once.
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