Esta carne es mía.


   Yo soy el individuo, dice Nicanor Parra y afuera llueve. Las tempestades aburren, dice Nicanor. Aquí no hay tormenta, apenas unas gotas aburridas y simples que parecen un cuadro de Paul Klee. No gustan a nadie y pocos entienden.
   El vecino amaga ser recto, pero persigue al gato ajeno y lo corre como a un trapo viejo que se deja al fondo del patio, donde no moleste. Después muestra arrepentimiento y saluda como buscando amainar su bestia interna. El amor huyó hace tiempo de esa persona.
   Está vacío, es hombre, es natural, es el reducto último de una familia bien. Le es natural ser ajeno a la humanidad. Él lo niega, intenta, inútilmente, cada vez que necesita, plasmarse como un ser íntegro, único. No puede. Es evidente su mal amor.
   Es un hombre criado para mandar. Es un hijo del siglo XX.

   Oculta la fechoría del desprecio con las consabidas acciones de servidumbre. Siempre dispuesto a limpiar las bocas de otros, pero nunca encuentra la propia. La propia no existe, es hombre, está dispuesto a servir y es bueno saludando. ¿Qué podría estar mal?
   Él sabe que debe amar a una mujer, que debe manipularla, atarla a sus designios y tropezar con su brutalidad una y otra vez. Pero no importa, ahí está él para ayudarla a encontrar el camino cada vez que ella lo equivoca. Y ella siempre se equivoca, porque es mujer y porque tiene al lado un hombre que la mantiene viva y oprimida. Es para ellos imagen fatal la del desencuentro.
   El gato ajeno ya está en la calle, otra vez peleando por su vida, otra vez no molesta, ni grita ni existe. Estamos otra vez tranquilos. Y ellos sexualizan el pasillo, porque no importa el pudor, sino poseer. Todo reclamo es inerte, se lamen desmesuradamente, como serpientes de Medusa, se apropian del otro y lo exhiben, sino no sirve de nada. Amar es tener. Tener es mostrar. Nadie quiera competir, esta carne es mía.

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