Lágrimas peronistas.
Eran las ocho de la noche de un viernes que intentaba ser fresco en pleno octubre. La democracia era una canción a punto de empezar a sonar. El taxi avanzaba rápido por la avenida y el olor del río amenizaba la escena correntina.
Los últimos asientos del bondi estaban igual de sucios que de vacíos, y la carrocería hacía tanto ruido como unos militantes en su última semana de campaña. Corrientes iba quedando atrás, hasta parecía que el río la abandonaba, como si el destino fuera en otro lugar.
***
En la puerta del campus los compañeros cambiaban cervezas y cigarros y cenaban papas fritas de paquete, mientras en Arquitectura otros festejaban un halloween de cartón. La noche era joven y todavía no había certezas.
En el hall de la facultad todos alimentaban ilusiones y gritaban amores y desamores. La Franja Morada, olvidando el servilismo por un rato, alimentaba su ego con cánticos sexistas y homófobos, y ponía sus mejores máscaras al servicio de las cámaras que veían a su paso. La izquierda los odiaba en esa noche mucho más que antes, y recriminaba cada palabrota y cada gesto como si fuera el primero.
“Acá estamos los soldados de Perón, abran paso, llegó la JP”, y la Franja, miraba burlona; no estaba preparada para su mejor derrota. Los pocos morados que quedaban, apiñados en el fondo del aula, trataban de festejar algún voto más, pero el grito peronista los ahogaba en cada suspiro.
Desde diferentes lugares de Resistencia y Corrientes la gente preguntaba el resultado, y esperaba ansiosa que “la franja se vaya”. La desidia de los morados y falta de representatividad estudiantil era una constante en las palabras de todos. Pero la noche avanzaba y el escrutinio no encontraba todavía el camino.
Las agrupaciones menores de izquierda se sumaban al fragor de los gritos y miraban con rencor a los muchachos de Mauricio que se pavoneaban frente a las cámaras y celebraban su show sin más público que ellos mismos. “Orgullosa de ser morada”, dijo una candidata a secretaria en sus redes. Minutos después eliminó el posteo.
“Todos unidos triunfaremos y, como siempre daremos un grito de corazón” vociferaban los peronchos a medida que se marcaba aún más la diferencia de votos. Con bombos y platillos rompieron las internas y saltaron todos juntos hasta el momento final.
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| Corrientes desde el puente interprovincial General Belgrano. Memphis No |
La última urna, los últimos votos, y la batalla estaba ganada. Los radicales cantaban con descaro su orgullo gorila y la izquierda quería vomitarles encima. Los viejos militantes peronistas lloraban y se abrazaban, se golpeaban las espaldas y se acariciaban la cara. El momento era un cuadro que nadie se había atrevido a pintar.
La madrugada lloraba el silencio y la quietud perdidos, y el amor de los muchachos era una constante. La última mirada a la Franja fue sin asco, ganadora. Y afuera, entre pocos silencios, lejos de la fiesta y la algarabía, estaba toda una ciudad sin saberlo.
Pasaron las horas, las calles silenciosas y el frío previo al amanecer se llevó el calor de los abrazos y el ritmo de los tambores. Corrientes volvía a estar cerca, el río más hermoso de todos se movía, manso como un cordero por debajo del puente. Los muchachos dormitaban en el bondi que dejaba atrás todo un ensueño y revelaba un amanecer de naranjas y lapachos sobre la misma Corrientes de siempre.

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