Soliloquio del que recuerda.

   Yo recuerdo el color de tu boca y a tus ojos marrones que marcaron mi frente cuando me miraste. La fuerza de tus manos que apretaron mis dedos delgados, la sonrisa perenne de mi cara después. Yo tengo el recuerdo de tu piel suave que me roza y me deja, me abandona. La fragilidad de mi voz y de mis cuentos contados en susurros de noche, cuando vos no estabas ni soñabas conmigo. Tu fortaleza en que me apoyo para decirte que todo está bien.

   Los ruidos del pueblo nos ahogaban y yo maldiciendo tu ausencia hasta verte.

   Tu mano alzada entrándome a tu vida, tu sonrisa detrás de todo el tiempo que esperé y me olvido de odiarte, y odiar a tu vida lejos de mí, por un rato. Mil cosas por verte y estar hoy contigo, tu pasito suave, tu ademán de permiso y tu cadera quebrada para estar conmigo un rato, pequeño.
   Hoy cuento los días y falta tan poco, no aguanto la espera y me olvido de ti. Después te recuerdo, te sueño, te espero. Rebeca me reta, me dice que no. Tengo que dejar de pensarte en un rato y escucho los tangos que no sé cantar. Tu vida es permiso que nunca me dan.

***
   Tu voz, más aguda de lo que esperé, me despierta del ensueño, y el pueblo gritando que quiere vivir es la escena perfecta de un amor secreto que vos ni siquiera tenés que saber. Dejo que me mires, que me quites todo, las ganas de irme, de llorar y de amar. Yo me quedo quieto, tus ojos //mi frente //tus manos //mis manos que tiemblan en tus manos duras. Tu palabra es segura, la mía se quiebra. La sonrisa es fría para los demás, más yo sé que es sincera, que es cierta, que es mía. Vos no sabés nada, ni amarme podés.
   Entonces te vas y me quedo muy quieto, tu piel me ha rozado la piel otra vez. Tu boca murmura segundos saludos, tus dientes me dicen que es bueno el encuentro. Yo me quedo –iluso- espero que vuelvas, que me digas nada más que hola estoy acá no me quiero ir. Quedate, quedate conmigo.
   Yo me voy a tus ojos que miran la gente, gritás tus derechos, pedís que te vean. Sos del pueblo amado que odia el olvido. Soy el pueblerino que se enamoró. Te pido el secreto profundo de tu corazón, no quiero que olvides: estoy por acá, do’ quieras que vaya, decime, yo voy.

***
   Pasaron las horas y ya te olvidaste de nuestro reencuentro, de todo mi amor. No te dije nunca que mis ojos no pueden perderse en los tuyos cuando oigo tu voz. Yo quiero que creas que no quiero nada, así no te espantas, así no te vas. No me dejes solo, no me dejes nunca; el amor sincero de mi corazón es solo ilusiones que no son posibles y vos lo sabes. Yo sí quiero verte, no perder tus manos; yo ansío ese encuentro, tu apretón de manos, tu boca morada, tus ojos marrones. La sonrisa es mía si vos no te vas.
   Y pasan las horas y miro tu foto, y me encuentro solo pidiendo perdón a mi triste vida por no decirte a tiempo que quise tu voz. Te llamo una vez y es solo posible cuando pase el tiempo. Me prometo entonces el ocaso de vida no sea en solitario, ni triste: sin vos.

***
   Te quiero, te extraño, cantan los poetas. Yo miro tu foto, vos no lo sabes.

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