Crisis.

El otro lo miró confundido. Le
reprochó un poco de bebida, adujo el champán del brindis, dijo que lo había
visto fumar mucho. Es verdad, pensó él. Había prendido un cigarrillo tras otro
durante toda la noche.
En honor a la verdad –siguió- hace
cinco años que no tenemos nada. Seguramente vos tendrás otras amantes por ahí…
Y yo he vuelto a la soledad de antes.
El otro, que se había estado
desvistiendo, dejó el saco en una silla y terminó de desatar la corbata. Puso
un puño en la cintura y apoyó la otra mano en la puerta del ropero mientras
clavaba la vista en el suelo. Tragó. Lo miró con los ojos secos, casi sin
emoción. Él pensó que eran más lindos que cuando lo conoció. Seguramente estar
perdiéndolo lo hacía más atractivo.
Con la diferencia, claro, de que
ahora tengo alguien a quien esperar con la cena servida, continuó con un tono
monótono que daba a entender que lo había ensayado mil veces.
El otro desvió la mirada y empezó
a desabotonarse la camisa. Él lo miró en silencio hasta que terminó, le miró el
pecho desnudo, la espalda arqueada mientras se quitaba los zapatos. Había
besado tantas veces su pecho, había abrazado ese cuerpo, había dormido en esos
hombros.
El otro lo miró desconcertado,
nunca lo había visto tan seguro de sus palabras. De hecho él siempre le había dicho
que lo quería porque con él se sentía protegido.
A él siempre le gustó sentirse protegido
y le decía que lo quería porque le daba todo lo que él nunca tuvo: cariño, compasión,
estabilidad económica y hasta lo veía como una figura paterna. Él nunca se lo
confesó a nadie, pero no estaba muy enamorado, más que como pareja lo quería
para sentirse seguro.
***
Habían pasado tantos años desde que
hablaron por primera vez. Y desde esa vez, pasó aún mucho más tiempo hasta que
por fin se encontraron en un bar. Él siempre decía que antes de ese primer café
ya estaba enamorado.
Ese día hablaron de muchas cosas,
pero el café y sus cigarrillos nunca eran suficientes. Ni siquiera después, las
tantas noches que pasaron juntos hablando y haciendo el amor fueron suficientes
para contarse todo. Él siempre pensaba que no lo conocía del todo y quería
saber más del otro.
El otro le confesaba que nunca
alguien había estado tan interesado en su vida como él, y él le decía que lo
quería con los ojos. Con cada sonrisa, con cada abrazo que le daba al
encontrarlo y al despedirlo, le decía que lo quería. El otro a veces murmuraba,
hablaba en voz baja, y hasta hacía anotaciones. Él nunca le preguntó que
anotaba.
Un día lo descubrió. Se
encontraron en la puerta de la cocina, él llevaba un vaso con agua y un libro
en la mano, el otro salía de la habitación murmurando para sí, como tantas
veces. Chocaron, se miraron a los ojos y él descubrió el misterio.
El otro pasaba su tiempo haciendo
cálculos y probando estrategias para su trabajo. Su desilusión fue inmensa.
Desde ese entonces cada vez que lo escuchaba murmurar, en un bar, en la fila
del mercado, en la calle cuando caminaban juntos, o cuando se reunían con
amigos, él se daba cuenta de que el otro estaba concentrado en sus cosas y no
le prestaba atención a lo que pasaba alrededor.
Él nunca se lo reprochó, pero se
dio cuenta de que en verdad casi nunca compartían nada. Muchas veces de noche
en la oscuridad de la habitación, cuando el otro creía que él dormía, lo
escuchaba murmurar, hacer planes, anotar en su libreta. En esos momentos él se
sentía como antes de conocerlo, lo embargaba una sensación de soledad y
tristeza que nunca había sentido estando con él. Entonces lloraba, lloraba en
silencio, bajo las sábanas a resguardo de la atención que el otro no le daba.
***
El otro terminó de desvestirse y se puso la
bata, murmuró algo de un baño y relajarse. Entró en el cuarto de al lado,
encendió la luz y cerró la puerta. Él se quedó solo escuchando el ruido del
agua caer. Afuera un coche doblaba la esquina.
Nunca habían tenido problemas, ni siquiera
discusiones que los distanciaran. Lo cierto es que ambos hacían todo lo posible
por complacer al otro: si el otro estaba cansado, esa noche él le preparaba una
cena ligera y se la llevaba a la cama, si a él no le gustaba la camisa que el
otro tenía puesta, el otro se la cambiaba. Lo hacían todo juntos, a veces siquiera
sin hablar ni mirarse, pero juntos. Hasta que un día él descubrió los susurros.
En un principio no le molestaron, pensó que
era algo casual, e incluso se convenció de que lo mejor era no preguntar,
porque aunque lo compartían todo, les gustaba respetar la privacidad del otro. Con
el tiempo se dio cuenta de que los susurros eran más frecuentes de lo que él
suponía, hasta llegó a pensar que eran imaginaciones suyas.
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