Él y el otro.

    Se habían encontrado a último momento casi por coincidencia. Abandonaron el edificio atiborrado de gente y tomaron la calle por su cuenta. 
   El calor agobiante de la tarde los hizo caminar por el césped crecido del parque. Charlaron de todo y casi sin saberlo se miraron a los ojos. Él se quejó del sol, el calor, los mosquitos. El otro de la vida.
   Subieron a un colectivo casi vacío y esperaron en silencio a que arrancara. El viaje comenzó como todos los días y el río a su costado estaba inmóvil, como si no quisiera molestar.
   Del río llegaba el olor putrefacto a tierra mojada. Ellos empezaron a hablar del color del río, de los pescadores secándose al sol mientras escuchaban el ruido del agua que chocaba contra las paredes del acantilado.
   La conversación se hizo larga y dos asientos más allá una anciana miraba hosca y severa mientras tejía con rapidez inaudita los colores de su red. 
   El puente sobre el río dio paso a la ruta y el viento los golpeó en la cara. Él miraba el sol entre las copas de los árboles mientras lo escuchaba al otro cantar. El otro tarareaba un ritmo triste. Volvieron a la calle y caminaron un par cuadras. 

***

   Lo despidió en la esquina de la avenida. Estrechó su mano fuertemente y por un momento se resistió a soltársela. 
   Lo miró fijamente a los ojos y volvió a sentir el mismo escalofrío que sintiese minutos antes cuando caminaban juntos, chocando sus hombros, chocando sus vidas. 
  El otro logró soltarse de las manos temblorosas y se fue moviendo su cabeza, dueño de toda seguridad. Y él se quedó solo, incapaz de moverse, mirando los pasos esos que se alejaban llevándose todo amor, toda dicha. 
   Le dolió saber que el otro no se daría vuelta, como a buscar los minutos anteriores. 
  Lo vio perderse por la calle inundada de pasos que no lo iban a reconocer al otro, y él sabía que tampoco podía reclamarlo propio.



Memphis No, miércoles 16 de noviembre de 2016.

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