El dos a dos.

   “El viernes los muchachos juegan a ser Batistuta” dijo Marcos, sentado a la sombra de un gomero en el baldío de la esquina, mientras miraba como los “pibes” del barrio se ponían de acuerdo en la conformación de los equipos. Después de hora y media pateando tierra bajo el sol, dieron por terminado el partido, y se acercaron al kiosco por aquella cerveza que habían puesto de premio para el equipo ganador, y que compartieron entre todos, festejando el dos a dos.
   Habían pactado encontrarse cerca de las cinco y, como era de esperarse, para las cinco de la tarde el lugar estaba desolado. Pasados quince minutos fueron acercándose los primeros y en sus rostros, más que la impaciencia o la desesperación por llegar tarde, habitaba la calma. Algunos bajaron de autos llenos de juguetes y asientos para niños, otros simplemente caminaron hasta el lugar.
   Ya para las cinco y media, empezaron a armar los equipos. Los dos capitanes se repartían jugadores como si fueran pedazos de carne, y todos obedecían a las señas, o proponían cambios de equipo. Finalmente empezaron, con el sol en la cara, a correr por el treinta por cincuenta que, imaginaban, era “el monumental”.
   Aunque era un partido entre amigos y compañeros de trabajo, todos sacaron a relucir su experto en el deporte, y las risas y alusiones personales estuvieron a la orden del día. La pelota iba y venía, escapando de los golpes de los padres de familia devenidos en estrellas del Nápoles. La música de sus risas, y el chirrido de las zapatillas contra la gramilla, completaban la escena.
   Damián a sus veinticinco años se cansaba menos que sus compañeros de equipo, parecía el más joven, y retenía aún sus dotes de mediocampista, aunque no podía hacer mucho por la cancha reducida. Cuando Juan, uno de sus contrarios, tuvo la pelota cerca de él, Damián vio la oportunidad de hacer lucir su habilidad, y le quitó la pelota y con una elegante maniobra marcó el primer tanto en el arco contrario. Como una bala, la pelota blanca y azul burló al arquero, traspasó el arco sin red, y rebotó contra el muro de los Galíndez. Tacho, el pitbull, estalló en ladridos detrás de la pared.
   Los compañeros de equipo vitoreaban y se acercaban a Damián a darle un abrazo o una palmada de felicitación. Estaban recordando cómo era sentirse campeones. Por otro lado, Juan no estaba muy conforme con su fallida actuación, y sus compañeros no fueron benevolentes. El más suave se conformó con darle algunas instrucciones al mejor estilo Bielsa, no con menos.
   Calmados los ánimos –el enojo de unos, la euforia de otros- el partido continuó, no era cuestión de reclamar el premio cuando la diversión recién había comenzado. Veinte minutos después del primero, y a punto de cumplir la primera media hora, un compañero de Juan tuvo su oportunidad de empatar, pero no pudo ser: otro jugador le salió al paso, y le quitó la pelota a último momento. El ambiente estaba empezando a caldearse, y hasta era divertido.
   Minutos después, Alejandro retuvo la pelota que le pasó un compañero, y demostró que a sus cincuenta y largos había perdido su juventud, mas no la habilidad. Convirtió el dos a cero, y Damián fue uno de los primeros en correr a su lado para saltar los unos sobre los otros, en actitud casi animal. El equipo de Juan mordía la tierra que flotaba en el ambiente, y todos señalaban cuestiones técnicas.
   Parecía que todo ya estaba dicho, pero no fue así. Aún faltaban unos minutos para que los muchachos dijeran basta. Aunque daban por perdido el partido, el equipo de Juan se arremolinaba y se pasaban la pelota con una velocidad increíble, a pesar de que la mayoría ya pintaba canas.
   El momento llegó cuando el mismo Damián se confió con un contrario, y le dio a éste la posibilidad de quitarle la pelota, que terminó en un gol que “el zurdo” se encargó de hacer. Todos olvidaron el malhumor por el error de Juan al principio del partido, y festejaron ese primer gol como si fuera el último.
   Pero lo más emotivo fue cuando, cerca del final, uno de los jugadores empató el partido, casi con maestría juvenil. Para unos los abrazos sobraban, y los otros estaban demasiado cansados como para retarse entre ellos.
   Todos, casi sin decir nada, fueron a buscar sus cosas, y se encaminaron al kiosco de la otra cuadra, a debatir los problemas más importantes de la actualidad.

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