Incompleto.
La mañana está gris. La llovizna ya lleva tres interminables días ensuciándolo todo; los zapatos están embarrados, las camisas húmedas, y hasta el café pareciera que se enfría más rápido.
Camina, camina por las calles largas, y alcanza la avenida en pleno alboroto de los transeúntes que corren para llegar a tiempo y cumplir obligaciones. Él está angustiado, hay demasiadas cosas para hacer, y el tiempo no alcanza. Piensa que debería haber tenido en cuenta el consejo de su amigo, pero ya es tarde.
Está ahora parado en la vereda de enfrente, tiene el ceño fruncido, pero no piensa. Está esperando; como casi todas las mañanas ha llegado demasiado tarde para un coche y ahí está esperando el segundo. Tardará unos veinte minutos, calcula.
El sol empieza a calentar el asfalto y se da cuenta de que quizás deba quitarse el abrigo. Se acomoda los lentes que se le resbalan por la fina y no tan larga nariz. Mientras espera se peina con una mano y mira los coches que desfilan yendo y viniendo por los cuatro carriles de la avenida.
Sus zapatillas le incomodan, le aprietan los pies y aunque no le impide caminar con comodidad, sabe que esa noche el dolor será suficiente para su malhumor. La camisa a cuadros, estilo leñador, deja ver una remera oscura, casi color vino.
Ve pasar un auto y cree reconocer a alguien conocido, y gira la cabeza hacia atrás para seguir con la mirada el coche que resultó ser nada más uno cualquiera. Aprovecha el movimiento para mirar, casi sin disimulo, a la mujer regordeta y con niños chillones que están sentados atrás suyo en el banco de la parada, esperando el colectivo.
Ya ha pasado más de media hora y su malhumor es evidente. No puede reprimir el gesto de fastidio cuando uno de los niños ríe a carcajadas. Lo mira de reojo, mira a la madre también. Pareciera que detesta a los niños.
Consulta el reloj otra vez, y chasquea los dedos, siguiendo el ritmo de la música que escucha por auriculares, y estira el cuello para ver llegar el coche que no viene. La mujer regordeta y los niños chillones se suben a un colectivo y se van.
Los mira caminar en el pasillo del colectivo a través de las ventanillas del vehículo. Mira las ropas ajadas y las zapatillas llenas de barro. Calcula las edades de los niños, se da cuenta de que no son tan pequeños, adivina unas edades sin saberlas ciertas. No se acuerda su aspecto cuando niño.
De otro colectivo baja un conocido al que saluda con un movimiento seco de cabeza y se concentra en mirar el suelo para no tener que trabar conversación. Un muchacho le pide un cigarrillo. Contesta bruscamente y rezonga; parece que todo el mundo está empecinado en fastidiarlo hoy.
Piensa en cuanto tiempo hace que no fuma un cigarrillo. Le dejó de gustar justo cuando se mudó a esa casa, hace casi tres años. Desde entonces no fuma, y siente fascinación por las plantas que colecciona en macetas pequeñas y que coloca en el porche de la casa para que tomen sol a la mañana temprano. Su pasatiempo favorito es sentarse en el piso del comedor rodeado de todas sus plantas en macetas y dedicarles horas enteras a podarlas y renovarles la tierra. Hace mucho que no lo hace, piensa, y vuelve a sentir fastidio por la falta de tiempo.
El coche finalmente aparece doblando la esquina a dos cuadras. El muchacho que le pidió el cigarrillo se levanta de golpe al ver el colectivo, y él se sobresalta. Creía haber estado solo.
Se hace a un lado para que suba primero el muchacho y luego entra en el colectivo. Saluda al chofer con una mirada asesina, como culpándolo de tan larga espera. El chofer cierra la puerta y el coche avanza cuando él todavía está parado en el pasillo.
Detesta viajar en colectivos llenos. Por suerte este no está tan lleno, aún hay varios asientos libres. Busca con la mirada un par de lugares donde no haya nadie sentado, no quiere compañía. No parece tener suerte, de todos modos camina al fondo del colectivo mirando el suelo para evitar tener que saludar a algún conocido.
Finalmente se sienta al lado de un hombre mayor de traje, anteojos y un pulcrísimo peinado de raya al costado. Lo conoce de vista, han viajado juntos varias veces. Cree que se llama Gustavo porque algún día oyó que lo nombraban.
Los viajes diarios son así, no se conoce a nadie, pero a la vez se sabe sobre todos. Mira por la ventanilla de reojo, no quiere que el hombre de traje lo reconozca a él y trate de entablar conversación. La gente siempre habla del clima, piensa.
El hombre de traje apenas si lo registró cuando se sentó a su lado, está ahora demasiado concentrado en uno de los tantos libros que lleva en su maletín, el que mantiene abierto para ir guardando uno y sacando otro. Los ojea con rapidez, mojando el dedo con la punta de la lengua y pasa rápido las hojas. Parece que busca algo. Al fin lo encuentra, en un libro pequeño pero extenso –calcula unas seiscientas páginas- de tapas azules y con algunas hojas subrayadas en lápiz. Se detiene en una de las páginas del principio, busca en el índice y luego pasa las hojas hasta llegar hasta un poco más de la mitad.
El hombre de traje se acomoda los anteojos en la punta de la nariz, y acerca el libro a la cara. Lee con rapidez. Él mira de reojo otra vez, le llama la atención el libro, no el hombre de traje.
El hombre empieza a leer casi en un susurro y él apaga sus auriculares para escuchar pero no se los saca, no quiere conversar. Con la excusa de mirar por la ventanilla acomoda el oído para escuchar mejor. El colectivo está pasando muy veloz por los barrios de la ciudad, hay pocas casas, ya están casi en las afueras. En el recuadro de la ventanilla se divisan casas y extensiones de campo, entremezcladas en una vorágine difícil de captar con una sola mirada.
El colectivo avanza veloz, se detiene de vez en cuando para bajar o subir pasajeros y vuelve a recorrer la ruta.
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