La profesora de música.

   Se sienta en el piano y empieza a cantar como solo a él le puede pasar. Sus dedos son difíciles de seguir, sus manos delgadas no dejan de moverse nunca, ni siquiera cuando habla, y aún así no logran distraer mi atención de sus anteojos. "No debí pensar jamás en lograr tu corazón, y sin embargo te busqué hasta que un día te encontré y con mis besos te aturdí sin importarme que eras buena...", canta Fito Páez a Contursi, a su manera. Tan rock and roll, tan años 60, tan revolucionario, buscando la libertad.
   Y después comienza a contar su vida, y yo comienzo a descubrir un hombre nuevo detrás de esos anteojos. Y de repente su boca se ríe y habla de su primer profesora de piano, "la señora Bustos". Ahí la risa es compartida entre él y yo.

   Yo también tuve un profesora de música que se llamaba Bustos. La Mirian. La Mirian era una mujer grande en aquellos años -aún no había descubierto el término "vieja"-, después lo sabría; Mirian era vieja. Lisa y llanamente vieja. 
   La Mirian llegaba algunas mañanas de primaria al aula y nunca el ritual era el mismo. Traía, hoy me es difícil de olvidar, medias de red negras, con huecos y remendadas, cubiertas con zapatos de taco alto o botas. Caminaba erguida, de manera casi anormal, haciendo ruido con los tacos de los zapatos, y parecía que no llegaba nunca a ningún lugar. Saludaba con indisimulado cariño a algunos alumnos, y a otros, más afortunados, nos ignoraba. Se sentaba en el escritorio después de copiarnos algunos versos en la pizarra para que nosotros, fervorosamente aturdamos a todos con nuestros gritos desafinados, sin entender siquiera que historias estábamos contando.
   Otros días, en cambio, la clase larga de la señora Bustos era más que aburrida; nos pedía que nos quedáramos quietos y no hiciéramos ruido, y ella se apoltronaba en su escritorio, ocultaba la cara entre los brazos... Y dormía.
   Recuerdo el día que Gabriela faltó a clases. Ella lo notó enseguida y algún compañero le dijo que se le había muerto el padre. Los padres también morían, había sido. Después alguien le pidió que cantemos una canción nueva y ella dijo que no. "Los días que muere la gente no se canta", dijo taxativamente. Y se acostó a dormir sobre el escritorio.
   Ese día aprendí dos cosas: no se canta cuando la gente muere, y que se podía dormir en clase.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Experimento IV

Sin terminar...

Isabel de Guevara, la heroína que callaron.