Sobre fanáticos.
El curita era franciscano, devoto. De aquellos que le susurran en el oído al señor los perdones que necesitan para sus pecados más mundanos. Y Dios los escucha. Dios siempre escucha a los hombres buenos. Después se olvida y no cumple, pero escucha.
Cuando llegó al templo, los muchachos ya lo estaban esperando, lo saludaron con amabilidad, como hace siempre la gente que no se conoce, pero se necesita. Como se saluda a Dios. Después él entró a la iglesia y fue directo a su oficina. Ellos lo esperaron en la vereda, inventaron alguna excusa para retrasarse y se quedaron mirando con recelo aquel lugar al que les enseñaron a no pertenecer.
La iglesia era alta, quizás el edificio más alto de la cuadra, y hasta parecía que era el único. Tenía, cuando uno vencía los prejuicios instalados en el momento, un aire inmaculado, casi santurrón, y sobre todo intimidante. El color blancuzco, medio agrio, ayudaba al sentimiento de rechazo, pero sin embargo, era un lugar digno de un tropezón de esos que se da la gente cuando camina mirando hacia arriba, boquiabierto, admirado por cosas absurdas o bonitas.
La fachada estaba impoluta, como si recién la hubiesen terminado de pintar, con sus grandes verjas protegiendo la entrada de la casa de Dios. Dios tiene muchas casas, pero habita en unas pocas. Casi siempre las de los pobres. Más allá del techo, cuando ya el sol no tiene nada más que alumbrar, estaba la torre y sus campanas. ¿Para qué necesita Dios unas campanas?
Después de murmurar y quejarse sin sentido, los muchachos entraron desanimados y fueron tras el curita. Al entrar en la iglesia no los invadió el regocijo religioso ni mucho menos, fue como entrar en un supermercado o quizás, pero ni lo pensaron, en una biblioteca.
El lugar era a voces un refugio de artes y silencios. Había por todos lados imágenes de los adorados, los hijos, amores y herederos de Dios. Jesús hermoso, rubio y de cabellos largos parecía más un jugador de fútbol que un hijo malhabido del Señor. Y, sin embargo, ahí estaba, adorado, manoseado, toqueteado por todos los que pasaban y besaban sus pies y le prendían velas mirando toda su intimidad apenas tapada con un lienzo viejo. Los muchachos estaban embelesados por esa cotidianeidad tan ajena.
El siervo de Dios los buscó por el salón y los condujo a su oficina en el ala más alejada de ese disfrute visual, que los atrapaba a cada paso y les hacía suspirar indisimuladamente mientras interrumpían las oraciones de los adeptos y pecadores de turno. La estancia era más bien pequeña, con muebles viejos, sencillos, de esos que se volverían mohosos si no tuviesen una o dos empleadas semanales que los lustrasen y se encarguen de ordenar hasta el mínimo papel. El curita entró, apretó la mano de cada uno de ellos y palmeó la espalda del que más conocía. Su sonrisa poco elegante no era por eso menos alegre. Se mostró feliz y cumplidor de todas las reglas de cortesía que se pueden esperar de alguien, trajo sillas, ofreció café, escuchó atento y miró fijamente los ojos de todos sus visitantes.
La noche se había apoderado del patio interno, y las mujeres al servicio de la comodidad fueron a prender las luces mientras miraban de reojo que el curita cerraba la puerta de su oficina. Cuando todos estuvieron cómodos el curita apagó su sonrisa, se enderezó en su silla de cuero, chequeó la hora en su teléfono y la corroboró con el reloj de su muñeca izquierda. Uno de los muchachos calculó cien mil pesos. Sus sandalias saldrían no más de doscientos.
La charla avanzó más rápida de lo esperado, y el curita se animó a decir algunos chistes y a simpatizar con los muchachos. Después de unos cuantos minutos la conversación se decantó por las concebidas gracias y saludos. Los muchachos salieron a la galería, miraron a su alrededor y se contaron algún chiste inadecuado para la casa que los recogía. El curita los alcanzó enseguida y los acompañó en un último recorrido.
Después ellos tomaron la calle y agradecieron estar en la plaza de enfrente donde podían entregarse a otro tipo de fanatismos, los que tienen los jóvenes cuando no aman a Dios. O cuando tienen su Dios propio.
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