Recuerdo a mi abuela.
Hoy se cumplen tres años de la muerte de mi abuela. Facebook me lo recordó, sino no lo hubiese sabido. A veces me olvido la mucha gente que pasó por mi vida, incluso de mi abuela.
De mi abuela aprendí varias cosas, aunque me diese un poco de vergüenza reconocerlo después. Aprendí a escuchar a la gente, porque no parecía, pero cada vez que ella y yo estábamos solos, ella me paseaba por su casa grande y vieja y me contaba cada uno de sus secretos. De donde sacó esta planta, o aquel juego de ollas, o que nieto le había traído cada uno de los adornos que atesoraba, hasta con moños y papeles.
Mi abuela me contaba la historia de cada fotografía que había en su casa, y con los años las historias iban cambiando, cada día más bellas, mas fantásticas, o más irreales. Pero eran suyas, y yo se las creía.
Mi abuela me contó de sus flores tantas veces que yo me quise quedar con algunas cuando se murió. Armé con paciencia plantines con gajos y semillas que rescaté de su jardín y me los traje a mi departamento de ciudad y estudiante. Una vida que mi abuela jamás conoció. A veces, cuando la extraño, pongo la maceta con begonias en la escalera, justo al lado de la computadora y cuando los amigos llegan me preguntan por qué tengo plantas adentro de la casa, yo invento algo del sol, la lluvia o lo que se me ocurra en el momento.
Justo hace dos días, después de limpiar todas las macetas se me ocurrió traer algunas y acomodarlas en mi biblioteca. Ahora las tengo cerca, justo cuando Facebook me recuerda que mi abuela está muerta. Quiero creer que, sin darme cuenta, lo único que quería era tenerla un poquito más cerca hoy.
***
Yo no lloré cuando mi abuela se murió. Mamá me avisó a las tres de la mañana, “murió tu abuela”, rezaba el mensaje. Yo estaba en la computadora, cabeceando el teclado para terminar una entrega de ese día a primera hora. No contesté el mensaje sino hasta que amaneció.
Cerré el teléfono y seguí escribiendo, como si nada hubiese cambiado ese día. Días más tarde mamá vino a visitarme y hablamos poco de la abuela. El velorio fue casi anecdótico, como una travesura más del perro de la familia, o la pelea de los vecinos de al lado con la policía la semana anterior. La abuela no parecía estar muerta.
Semanas después, cuando el año estaba terminando, fui yo a visitar a mamá, y una tarde de sol pedí prestada la bicicleta a la tía y fuimos hasta el cementerio. La tumba, pesada de yuyos y flores secas, primero no me conmovió. Con mamá cambiamos las flores y miramos el polvo acumulado sobre el panteón del abuelo. Y entonces pasó, me di cuenta que mi abuela había muerto.
La tarde caía por fuera, y yo me caía por dentro. Ese día casi lloré a mi abuela. Fingí una toz, me acomodé el sombrero y me tapé la cara con las gafas de sol. No iba a llorar frente a nadie.
La abuela estaba muerta, y con ella toda mi infancia. Sus manos suaves, torpes para el cariño, pero siempre fieles, me enseñaron a acariciar el rostro de la gente que quiero. Siempre le acaricio el rostro en las fotografías a la gente que quiero.
Mi abuela nunca me dio consejos ni fue de esas que daban regalos a escondidas. No tenía mucho para dar, solo compañía y algunas historias, siempre repetidas, siempre un poco difusas, y con los años, diferentes.
Cuando se murió vinieron mis hermanos más grandes y fingieron llantos de vino y recuerdos, como queriendo sanarse a ellos mismos las heridas de tanto olvido. Dijeron cosas, se abrazaron y lloraron como chicos. Yo los miré y pensé en mi abuela. A ella nunca la vi llorar, nunca lloró mientras miraba la calle esperando algún nieto.
Siempre me invitaba a sentarme en su regazo y me peinaba con sus dedos mientras tomaba el mate lavado y frío, ese que tanto aprendí a querer.
Hoy cuando Facebook me lo recordó, pensé en mi abuela y quise creer que donde esté, sabe que yo aprendí de ella a querer a Evita. Mi abuela la buscaba y miraba amorosamente cada una de las fotografías de las revistas. No creo que haya admirado a nadie más, y tampoco nunca hablamos del tema. Pero gracias a mi abuela yo me puse a investigar y aprendí a querer a Evita. Y cada vez que me preguntan si soy kirschnerista yo aclaro que no, que yo solo la quiero a Evita. A Evita y al General, como aprendí de mi abuela.
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