Pobre, le costó la carrera.

   Ari Paluch. Un nombre más de los hombres que manejan los silencios de este mundo. Hace unas semanas salió a la luz una seguidilla de confesiones de víctimas de acoso sexual cometidas por diferentes hombres alrededor del mundo. Uno de ellos es el mítico místico –sí– que al parecer no le alcanza con solo el combustible espiritual.

   Paluch, al igual que muchos de los hombres espirituales y feministas, no lo es tanto. El caso de Paluch cobra relevancia más por su acercamiento a las pantallas que por su indigno trato para con sus compañeras de trabajo. Ejemplifiquemos: traslademos una escena así a la puerta de una Facultad del interior del país, con alumnos y alumnas de diferentes partes del interior. Un ir y venir de piernas y de fotos, de piropos y guasadas, de clientelismo por parte de militantes y alumnas ingresantes –y no– asediadas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué este acoso no tiene denuncia?

   No digo en el momento- pero no la tiene ni siquiera más tarde. No hay ningún método o sistema que garantice la seguridad y la integridad física y moral de una persona que decida denunciar una situación de acoso en el lugar.

   Hace unas semanas un grupo de estudiantes tuvo que escuchar como un ayudante de cátedra denigraba a una estudiante –ausente en el momento- porque un par de años atrás lo había denunciado por acoso en el poder judicial. Nadie reaccionó, nadie pudo contestar ni defender a la compañera. No había ningún lugar tampoco donde presentar una queja.
   La señal donde trabaja Paluch si tiene un lugar donde denunciar problemas de este tipo. Y lo hacen. Pero la señal se queda a esperar que Paluch “haga su descargo por escrito”, porque como dijo alguien por ahí “capaz el tipo no lo hizo a propósito, capaz si, el punto es que una mano fuera de lugar en el momento inoportuno, le costó la carrera”. Porque siempre una carrera es más importante que una dignidad ajena.
   Quizás el punto sea que no debería haber una mano fuera de lugar ni siquiera en un momento oportuno.

*Memphis No, noviembre de 2018.

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