Moro, Elvis y Ulises.

   Esta noche Ulises Camargo marcó una interesante y nueva página en el teatro chaqueño. El estreno de Moro y Elvis III, tuvo textos de su autoría que fueron puestos en la pausa y punto y coma perfectos por el grandilocuente y talentoso Diego Romero y la voz de Femaro, el hermoso y más versátil actor del teatro chaqueño actual.

   Camargo esconde detrás de sus ojos terribles la habilidad del artesano que manipula el más difícil de los elementos: el lenguaje, y consigue así construcciones lingüísticas y gramaticales excepcionales que van aumentando la gracia de la situación hasta despuntar en la carcajada que corona el cuento bien construido.
   Capaz de encontrar una historia rica de subjetividades y connotaciones varias allá donde otros solo verían un grotesco gesto espectacularizable que, aunque despierte risas, pasará al olvido antes del siguiente acto; Camargo -Camargo no, Ulises-, Ulises ha sido capaz, una vez más, de develar un mundo nuevo en cada situación planteada.
   Ulises nuestro demora la atención en la simplicidad del gesto, del gesto humano que se materializa en las manos suaves de Femaro, de la mueca sentida del siervo que ríe del amo y con el amo, y la musicalidad de las frases que construyen un sonoro ida y vuelta que no permite al público siquiera bajar la vista.

   De lo más diversas, las escenas de Moro y Elvis III dan cuenta no solo del talento del escritor, sino también del trabajo preciso y comprometido del elenco que no deja lugar a la duda en interpretaciones tan completas como complejas. Las pupilas de Femaro son capaces de ganar una contraescena a la gesticulación más avispada de su compañero, y la voz mutabile -cual rosa lorquiana- de Diego, que cambia el clima de un momento a otro de manera casi imperceptible.

   La canción que revive en Femaro, el amor del abrazo final, la sonrisa de Ulises nuestro y darle el cariño de siempre. Todo vale la pena en el teatro independiente, y más aún si es una función de Moro y Elvis. 

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